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El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, ex alcalde de Valladolid, secretario General del PSOE de esa misma capital, ex portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE y diputado en el Congreso por la provincia en la que nació un 15 de noviembre de 1968, ha encontrado las dos vías más rápidas para su ocaso político.
La candidata del PSOE para las elecciones autonómicas del domingo en Aragón recibió de Pedro Sánchez una misión imposible: ganar al Partido Popular y junto a los restos de la izquierda formar un nuevo Gobierno. Pilar Algría no podrá hacer honor a su apellido y la tristeza se volverá a adueñar del socialismo tras el desastre de Extremadura. Dos derrotas que pronostican en el inmediato futuro otras dos, las castellanas y las andaluzas. Las malas noticias se suman en el haber del Gobierno central, con la excepción de la marcha de la economía y el crecimiento de nuestro país si lo comparamos con el resto de Europa.
La política española ha entrado en una encrucijada muy embarullada donde todo puede ocurrir: a la creciente subida electoral de Vox en todos los frentes, se une el calvario judicial por el que va a pasar Pedro Sánchez, el hostigamiento de Trump a Europa, a los que se unen ahora sucesos imprevistos como la enfermedad del presidente de la Generalitat o el grave accidente de tren en Córdoba que, sin lugar a dudas, va a afectar al ministro de Transportes, látigo de la oposición, al que se le venía criticando mucho por las deficiencias en las líneas ferroviarias.
Todo parece indicar que la vida política de la vicepresidenta segunda Yolanda Díaz tiene los días contados y que no podrá llegar a las próximas elecciones ya que carece de un partido que le apoye y que algunos de sus aliados actuales, Izquierda Unida, Más Madrid, Catalunya En Comú o el Compromís valenciano, se lo estén pensando si merece la pena ir en compañía de Sumar, que no pudo formar candidatura en Extremadura por la oposición de Podemos.
Lo que está ocurriendo en el PSOE con los dineros de las comisiones subterráneas que cobran los partidos de las grandes empresas se parece mucho a lo que pasó en la batalla entre Dolores de Cospedal, secretaria general del partido, y Nacho González, que ocupaba el mismo cargo en el PP madrileño, cuando Mariano Rajoy entró en La Moncloa, que comenzaron a pelearse por los dineros que las constructoras principalmente dejaban en las arcas del PP nacional y que gestionaba el tesorero Luis Bárcenas. De aquella pelea saltó en 2013 el caso de la financiación irregular del partido entonces en el gobierno.
Las graves acusaciones de agresiones sexuales contra el cantante Julio Iglesias, que se remontan a 2021, cuando ya tenía 78 años, han causado un gran impacto mediático aunque su recorrido judicial vaya a ser mucho menos seguro. Un caso donde no se sabe donde empieza la lucha feminista ni donde se acaba mezclando con la política.
Pedro Sánchez y gran parte de los grupos situados a su izquierda han venido utilizando la fórmula de “que viene la extrema derecha” para tratar de convencer al electorado español de que se volcase en las urnas en apoyo del gobierno de coalición del PSOE con sus socios. Y resulta que, a pesar de todo el “lobo” ya está aquí y las encuestas dan a Vox un incremento muy notable hasta llegar casi a los 60 diputados a costa tanto del PSOE como del PP. Y lo más curioso y sonrojante es que ahora los líderes de estos partido de izquierda se culpan unos a otros de haber causado el auge de la extrema derecha.
Enfangado en las batallas internas de la política española el presidente del Partido Popular se está quedando fuera de los grandes movimientos globales que marcan el futuro inmediato de todos los países, sobre todo tras la segunda llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Alberto Núñez Feijóo tiene dos grandes rivales dentro de la derecha española: internamente a la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, que ha aprovechado muy bien las vacaciones de Navidad y Año Nuevo para acercarse a Buenos Aires y sentarse con Javier Milei, el político argentino que más cerca está de Donald Trump y que ha conseguido inversiones millonarias para su país gracias a su relación con el presidente norteamericano.
y Sánchez hace lo que mejor sabe: decir una cosa y hacer la contraria
El arte de decir una cosa y hacer la contraria o de lograr que lo que dices sirva para dos cosas muy distintas es una de las asignaturas obligadas para aprobar en el examen de la política. Ahí es donde el PSOE gana al resto de los partidos y donde Pedro Sánchez gana con comodidad tanto a Alberto Núñez Feijóo como a Yolanda Díaz. El resto de partidos y dirigentes bastante tienen con preocuparse de su inmediato y electoral futuro. El último de los grandes ejemplos, tras aquel memorable “OTAN, de entrada, no”, que lanzó Felipe González antes de las elecciones que le otorgaron la mayor mayoría absoluta de nuestra Democracia, acaba de hacerlo el equipo de Sánchez al defender la legalidad de la presidencia de Delcy Rodríguez en Venezuela - que es lo que ha impuesto Donald Trump para lograr sus objetivos petrolíferos sin que haya resistencia por parte del poder militar - mientras que desde el PP se obstinan en colocar a María Corina Machado y a Edmundo González como la única via democrática en aquel país.
Al presidente norteamericano le importa un comino si en Venezuela hay democracia o no, si permite el narcotráfico o no, lo que quiere es recuperar el petróleo venezolano que Hugo Chávez arrebató a las multinacionales norteamericanas para nacionalizar el “oro líquido”. Ha usado a María Corina pero prefiere actuar sobre seguro y le ha dicho a Delcy Rodríguez, la nueva presidenta, que la respetará siempre que “haga lo que le mande”.
La citación para el 8 de Enero al encarcelado José Luís Ábalos para que explique todo lo que sabe sobre Pedro Sánchez confirma, de nuevo, que el Partido Popular ha convertido al Senado, en el que tienen mayoría absoluta de escaños, en un auténtico “Tribunal Político” desde el que mantiener todo el tiempo que haga falta su ataque al Gobierno, sobre todo en esta primera mitad de 2026 en la que a los sumarios y decisiones judiciales sobre lo que consideran corrupción de dirigentes socialistas se va a mezclar con la celebración de varios juicios derivados de los sumarios Gurtel, Púnica como más relevantes de los que afectan a ex dirigentes populares.
Uno de los problemas con los que se encuentra Sánchez si en algún momento decide tirar la toalla es el de su sucesor/a al frente del PSOE para dirigir la difícil misión de presentar un candidato que no deje al PSOE en 90 diputados como le ocurrió a Rubalcaba cuando Zapatero le dejó abandonado para irse tranquilamente a casa sin haber perdido ningunas elecciones. Tiene que ser una mujer, o un hombre, que cuente con el respeto de las grandes agrupaciones y que no le venda al mejor postor en cuanto salga de La Moncloa.
Este año 2025 que se marcha envuelto en más escándalos de con los que entró, el más duro posiblemente en toda la moderna historia del PSOE, va a encontrar consuelo en el inminente 2026, que llega dispuesto a batir todos los récords en cuanto a enfrentamientos entre los partidos políticos, tanto dentro como fuera de los mismos, con varias elecciones autonómicas decisivas que van a incrementar la ya habitual lluvia de insultos y descalificaciones entre los dirigentes y con una sociedad a la que cada vez le molestan más las peleas de sus dirigentes y se desintegra por capas sociales y generacionales sin que los responsables de las descalificaciones sepan como fabricar el futuro.
El presidente del PP lleva mucho tiempo, demasiado, esperando que algunos de los socios de investidura de Sánchez se decida a a votar “si” en una hipotética moción de censura, pero no parece que eso le lleve a ninguna parte. También parece que puede esperar sentado a que el presidente del gobierno convoque elecciones anticipadas. Pero si el PP se decide a presentar una moción de censura, aunque no la gane, pondría en jaque a varios de los socios de investidura de Pedro Sánchez, que tendrían que justificar su apoyo al líder socialista a pesar de la evidencia de los casos de corrupción.
Cambio de estilo y de escenario por parte de Felipe VI para su mensaje de Navidad a los españoles. Adiós al palacio familiar de La Zarzuela y apuesta por el Palacio Real, la historia de la Monarquía y de los grandes acontecimientos. Sin mesa por delante, ni fotografías familiares. De pie, en mitad del gran salón, con un pequeño Belen y una gran abeto iluminado. Todo lo que dijo mientras cambiaban los planos de la retransmisión estuvieron besados en la realidad política que vivimos y en los peligros que encierran los discursos de sus protagonistas.
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