Debieron hacerlo antes cualquier de los numerosos dirigentes se la izquierda - marxista o menos - que pueblan el Hemiciclo del Congreso de los Diputados. No lo han hecho durante los últimos ocho años, ni el Pablo Iglesias que se marchó, ni el Patxi López que se quedó. Ni siquiera la inquieta y prolífica Yolanda ha ido más allá del cubano Pablo Milanés. Ha sido el Secretario General del Partido Popular el que elevado el nivel del debate político, algo que no era fácil dada la abundancia de calificativos y giros gramaticales con los que se obsequian sus señorías cada vez que tienen oportunidad. Miguel Tellado, por un instante luminoso, se ha convertido en un”monsieur Roquetin”, y con una sola palabra, “Náusea”, ha logrado que Jean Paul Sartre se convierta en el pintor de cámara del actual ministro de Interior.
Tellado, en su papel de Roquetin, como si acabara de llegar desde la Beauville gallega al París secreto que parece habitar en la madrileña Carrera de San Jerónimo, ha sentido la Náusea ante la presencia de su adversario Marlaska., sentado en el banco azul y mirando por el retrovisor al interior de su Ministerio. Si Sartre tardó siete años en escribir La Náusea y algunos bastantes más en convertirse en el mayor de los apologistas de la coyunda filosófica entre Heidegger y Marx, premio Nóbel rechazado por medio; don Miguel apenas ha tardado un quinquenio en convertirse en la espada flamígera del presidente del PP. Allí donde no llega o no se atreve Alberto Núñez Feijóo, llega y se atreve sus Secretario General. Y para que no se sienta abandonado en la soledad de las mil batallas de cada día, ahí están Ester Múñoz, la estilista de la Real Academia de la Lengua, capaz de atravesar de parte a parte a los que considera adversarios (lease ministro Bolaños y compañía) sin perder la sonrisa; y Cuca Gamarra, descendida en el escalafón pero siempre dispuesta a que un buen titular periodístico no se le escape.
La Náusea de Sartre convirtió el siglo XX en una espacio tan vacio que apenas era perceptible para sus habitantes, que éramos el culto Occidente, capaz de encadenar guerra tras guerra, y olvidarse del futuro, hasta lograr que el pasado de grandes palacio y aún más grandes catedrales de piedra le hicieran pensar que no existía más gloria posible que haber nacido en ese mundo que se caía a pedazos. A Tellado le molesta tanto el pasado que ha decidido prescindir de él. Vive para un futuro incierto, tan cargado de miedos que no encuentra mejor camino para avanzar hacia ese paraíso llamado Moncloa que exorcizar a las meigas de su tierra y conjurarlas para ver si el bosque de Birnam, cargado de corrupciones, sube la colina de Dunsinane y el malvado Mcbeth que habita el castillo junto a su esposa, cumple con la maldición y desaparece, como si España fuese la Escocia del siglo XVI y el representación política a la que asistimos los ciudadanos/espectadores fueran alucinaciones de la lucha por el poder.