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El presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo y el presidente del Tribunal Constitucional primero fueron fiscales y luego jueces. Manuel Marchena es diez años más joven que Cándido Conde-Pumpido pero tendrá que dejar su puesto en el próximo septiembre mientras que su “adversario” tiene otros dos años por delante al frente del máximo órgano judicial encargado de velar por el cumplimiento de la Constitución. Uno y otro se han ganado su fama jurídica por méritos propios y su fama social por el empeño de los dos grandes partidos, que intentan utilizarlos en la lucha política interpretando cada una de sus decisiones de la forma que mejor encaja a sus intereses electorales.
Dentro de una semana toda Europa sabrá si el presidente de Francia tendrá como primer ministro a un joven de 28 años, ganador por mayoría absoluta de las elecciones legislativas tras la segunda vuelta como representante del antiguo Frente Nacional de Marine Le Pen; o a un maduro representante del Nuevo Frente Popular a través de una suma de escaños que les permita dejar con la “miel en los labios” a los que consideran la ultraderecha más populista de toda Europa. Emmanuel Macron no quiere a ninguno de los dos pero prefiere un pacto con Jean-Luc Melenchón, profesor y periodista que conoce las “obligaciones mutuas” de los pactos en el poder, antes que a Jordan Bardella, al que considera alumno aventajado y sin estudios de la hija de Jean-Marie Le Pen. Nada será igual en Francia y en Europa. Tampoco en España.
Primero fue el presidente del Senado, después la presidenta del Congreso. Ambos obedecían las órdenes de sus dos jefes, Alberto Núñez Feijóo y Pedro Sánchez. Uno y otra se declararon la guerra institucional desde el primer momento. Si Pedro Rollán cambió el Reglamento del Senado para acosar al Gobierno y retrasar todo lo posible las iniciativas legislativas que salieran del Consejo de Ministros, desde la amnistía a los Presupuestos Generales del Estado; la presidenta del Congreso ha aprovechado la puerta de atrás de la Ley de Paridad para tener manos libres en el aumento del gasto público. De trampa legal a trampa legal y que decidan los tribunales, que ese va a ser, de nuevo el camino.
El Triangle
El expresidente de ERC constata cómo personas de su máxima confianza le dan la espalda y quieren impedir su regreso a la dirección en el próximo congreso, mientras todos temen que la secretaria general Marta Rovira haya llegado a un acuerdo secreto con Carles Puigdemont, según informa el digital catalán El Triangle.
Si a primeros de abril El Rey y su primer ministro acordaron y pactaron la gira que Felipe VI realizaría a Lituania, Letonia y Estonia para visitar a las tropas españolas que están estacionadas en las tres Repúblicas dentro del despliegue militar de la OTAN, y dos meses más tarde la gira se convierte en visita oficial pero sin la presencia obligada del ministro de Asuntos Exteriores o la ministra de Defensa, la única explicación posible es que desde el palacio de La Zarzuela se ha lanzado un órdago al palacio de La Moncloa.
Visita más Ibiza que Galicia pero le ocurre lo que a las meigas.Existe, se ve y se comprueba en las reacciones que tienen el Gobierno y la gran mayoría de dirigentes del PSOE. El “síndrome Ayuso” les afecta al sistema nervioso. Todo lo que hace y dice la presidenta de la Comunidad de Madrid consigue una respuesta inmediata, ya sea por parte de la vicepresidenta primera, la portavoz ministerial o por esa máquina creadora de imágenes colectivas que es el ministro de Transportes.
Cada día tiene su afán y sus titulares en los medios de comunicación, siempre por delante de las realidades ocultas de la vida política, financiera y judicial de esta España en la que los mismos nombres y apellidos se suceden convertidos en temibles, veloces e inacabables drones que atacan las posiciones del enemigo. Begoña Gómez, José Luís Abalos, Koldo García, Victor de Aldama y Javier Hidalgo no están solos en los titulares, ya que cada día se une un nuevo “fichaje” periodístico, ya sea desde la Comunidad valenciana con Mónica Oltra o desde la andaluza con Magdalena Alvarez. El palacio de La Moncloa convertido en un acosado Jarkov en el que resiste Pedro Sánchez dispuesto a no dejarse intimidar por los acuerdos que firman los gobiernos de la Europa democrática. El daño colateral está en el recinto de La Zarzuela y se llama Felipe VI.
Todo suena a viejo en Cataluña y le importa muy poco a los millones de españoles que no viven en esa Autonomía. Suenan a viejo los discursos de los líderes de los partidos independentistas, suenan a viejo las claras intenciones de culpar a los rivales de los fallos de cada uno, suenan a viejo las peticiones de más dinero, más atribuciones, más derechos, más ventajas para Cataluña en base a una historia que, aseguran sus dirigentes nacionalistas desde Junts a la Cup, que hunde sus raíces en Wilfredo el Belloso, allá por finales del siglo VIII. A Cataluña, en estos últimos años democráticos se le ha permitido seguir jugando con ventaja respecto al resto de España, incluido el País Vasco y Navarra. Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, máximos exponentes del desacertado hoy al que se enfrenta ese territorio, han trasladado sus problemas personales a sus partidos y quieren resolverlos a costa de convertirlos en los problemas de todos. Egoísmo disfrazado de historia.
Sin permiso de Pedro Sánchez los once parlamentarios del PSOE navarro encabezados por Bernardo Ciriza y Maria Chivite no habría firmado la propuesta parlamentaria de Geroa Bai y Bildu de acabar con la Monarquía en España. Hay que ver esa actuación en el marco de la celebración de la llegada a la jefatura del Estado de Felipe VI. La puesta en cuestión de la Monarquía me ha hecho recordar a uno de los exiliados españoles en México, Ovidio Salcedo, al que conocí hace 30 años en la capital azteca y hombre fundamental en el socialismo español hasta la llegada de Felipe González. Fiel a Indalecio Prieto y poseedor de sus escritos y memorias, me dio a leer, justo cuando la editorial Planeta lo publicaba en España, el texto de la conferencia del que fuera presidente del PSOE y varias veces ministro durante la II República. Palabras y razones para acabar con la Monarquía de Alfonso XIII. Vino a España varias veces con el regreso de la Democracia y sus opiniones sobre la institución monárquica y su utilidad para el futuro de nuestro país había cambiado.
Los que se extrañen de lo que está pasando en Cataluña con la pretensión de Carles Puigdemont de volver a la presidencia de la Generalitat por encima del ganador de las elecciones, y las dudas internas de la Esquerra Republicana entre el pactista Junqueras y la intransigente Marta Rovira, es que se olvidan que esa carrera -en la que también están sus homónimos vascos- comenzó desde el primer minuto de la aprobación de la Constitución de 1978, nacida para durar cien años y que se ha ido pervirtiendo y deteriorando durante estos 46 años de existencia. A la fábula de la libere y la tortuga hay que incorporar al gato, la mejor expresión hoy del poder judicial frente a los otros dos poderes. A la amnistía ya la tiene entre sus afilados colmillos.
El huido expresidente de la Generalitat les debe su primera victoria tras las elecciones europeas y catalanas a los o presidentes del Partido Popular y de Vox. Josep Rull ya es el presidente del Parlament gracias a la abstención de los quince diputados que encabeza Alejandro Fernández y a los once que dirige Ignacio Garriga. Desde Madrid, sus jefes han puesto por delante de sus reiteradas declaraciones contra el independentismo el deseo de acabar políticamente con Pedro Sánchez. A toda costa y cueste lo que cueste.
Sin centro político en España, el PP de Alberto Núñez Feijóo logra que a sus trece diputados europeos de 2019 se sumen los ocho que logró Ciudadanos. La desaparición del partido que fundó Albert Rivera le ha venido muy bien a la derecha. Presumirá con razón el político gallego de su nueva victoria frente a Pedro Sánchez, pero la victoria contundente que esperaba no se ha producido. Apenas un punto y medio de diferencia en el porcentaje total de votos entre los resultados de julio pasado en los comicios generales, y los de este domingo. Ambos líderes se mostrarán contentos y mantendrán sus posiciones.
Nunca fueron amigas y apenas se toleraban tanto en Podemos como en el Gobierno. A Irene Montero le oscurecía la presencia de su particular Pigmalión político y compañero de vida, Pablo Iglesias; a su adversaria, a Yolanda Díaz le quisieron controlar Alberto Garzón y Enrique Santiago. Les devoró a los dos de la misma forma que lo hacen las anacondas: primero les asfixian lentamente y luego los engullen. Tardan en digerir a sus presas, pero éstas no tienen salvación desde que los anillos del poderoso ofidio se van cerrando, en este caso sobre las ambiciones políticas de Alberto y Enrique.
La deriva política española con el enfrentamiento histórico entre el PP y el PSOE se parece cada vez más al que maneja el mundo del fútbol en la disputa entre el Madrid y el Barça con todos sus componentes de socios, simpatizantes y hasta “hooligans” que harán, desearán y soñarán incluso con todo tipo de tretas, jugarretas y ataques en el campo y fuera de él, para conseguir que gane su equipo y, sobre todo, que pierda el contrario.
Si las ocho formaciones políticas que otorgaron su voto a Pedro Sánchez el 16 de noviembre de 2023 para que se convirtiera en presidente del Gobierno no lo hubieran hecho hoy no estaríamos como estamos. Esos 1. 329. 334 votos que lograron en las urnas el PSOE, Sumar, ERC, Junts, Bildu, PNV, BNG y CC, traducidos en 179 escaños en el Congreso permitieron que el candidato socialista continuara en el palacio de La Moncloa. Tardaron 146 días en negociar los apoyos, los que van del 23 de julio a ese jueves 16 de noviembre, casi cuatro meses en los que las calles de España se llenaron de manifestaciones convocadas por el PP y Vox en contra de la amnistía, con Alberto Núñez Feijóo reclamando que debía ser él quien ocupara la presidencia del Gobierno o que, al menos, se repitieran las elecciones.
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