Más allá del dos por ciento
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Más allá del dos por ciento

martes 19 de mayo de 2026, 08:17h

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Los precios al por mayor suelen considerarse un indicador adelantado de la inflación al consumo, que en abril ya alcanzó en EE.UU. su nivel más alto en tres años, situándose en el 3,8%. Pues bien, la inflación mayorista que estaba en febrero en el 3,4% y en marzo en el 4,3%, sube en abril al 6%. Coincide con la primera emisión de bonos del Tesoro a 30 años que supera el 5% desde 2007, con unas ratios de subasta que hablan de escaso interés entre los inversores.

Dos índices de precios tan altos en abril han servido para empujar levemente al alza al dólar. Es palpable el incremento del nerviosismo con la inflación, y ocurre en un momento que coincide, no por casualidad, con el relevo en la presidencia de la Reserva Federal.

EL HOMBRE DE ESTADO

No es un relevo corriente. No es casual que el presidente saliente haya optado por mantener su puesto entre los siete gobernadores que deciden sobre los tipos, precisamente cuando la inflación se complica. Una decisión como esa lo perfila como lo que solíamos calificar de Hombre de Estado. Con el nuevo presidente, la conducción de la política monetaria en EE.UU. entra en una nueva era, y uno de los aspectos en que este cambio será más visible es en algo tan crítico como la comunicación. Para ser más preciso: la no comunicación. La política monetaria de las últimas décadas no se ha ejercido en condiciones tan exigentes.

UN NUEVO RÉGIMEN

La inflación en EE.UU. está en tránsito de asentarse en niveles estructuralmente más altos del 2% que tenemos como referencia, y eso es algo que no está completamente asumido. Porque no se trata solo de las consecuencias de un shock energético, sino de un proceso de transformación más profundo que ancla sus raíces en la postpandemia y la desglobalización. La tarea de anticipar la inflación —y peor aún, de controlarla— ya no responde a los ciclos de la demanda.

Las perturbaciones de la oferta son más difíciles de anticipar, y los bancos centrales no pueden, con la política monetaria, desatascar cuellos de botella en la producción, gestionar la reorganización de las cadenas de suministro ni afectar a los flujos que permiten equilibrar precios.

La economía mundial es estructuralmente más cara y habrá de adecuarse a convivir con tasas de inflación más altas. Los análisis sitúan la nueva tasa estructural en EE.UU. alrededor del 3% con lo que ello implica para los mercados financieros en general y para los tipos de interés y de cambio en particular.

En el nuevo entorno, modificar los tipos de interés ya no garantiza el mismo resultado que hace una década. La capacidad de un banco central para eliminar rápidamente la inflación es mucho menor. Históricamente, el dólar se fortalecía no solo porque EE. UU. creciera más, sino porque la FED mantenía una enorme credibilidad antiinflacionista. Si la inflación estructural es más alta, y más difícil de combatir, la respuesta cambiaria del dólar a tensiones de precios no será la misma.

La confianza en que la FED vaya a estar “por delante de la curva” se reduce, y eso tiene un precio. Eso explica porque el dólar no ha respondido apreciándose intensamente como era tradicional ante shocks semejantes. Es muy razonable asumir que el mercado está empezando a descontar estos cambios en un mundo donde EE.UU. sigue siendo el más fuerte, pero donde la estabilidad monetaria ya no puede darse por garantizada como si ocurrió durante décadas.

Y a diferencia del pasado, tener bonos del Tesoro ya no garantiza el acceso a energía, fertilizantes o materias primas: la seguridad económica se mide también en bienes físicos.

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