La presidenta del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva.
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La presidenta del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva.

El efecto abismo

lunes 26 de octubre de 2020, 21:12h

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La gestión de la pandemia en cuanto a su eficacia está dando lugar a comparaciones a muchos niveles. La percepción que domina en Occidente es de desconcierto y se responsabiliza a las autoridades políticas y su falta de coordinación.

Conflictos entre gobiernos nacionales y regionales señalan como ejemplo a Madrid, Múnich o Manchester, y la mayor disciplina social es referida por el ministro de Economía de Japón, como razón para el avance muy moderado de la pandemia en los países asiáticos frente a los occidentales. rufando estos argumentos con las diferentes capacidades de rastreo de los contagios, no resulta complicado concluir hasta qué punto están en cuestión muchos de los pronósticos realizados durante la primera fase de la pandemia. Las revisiones van a aflorar enseguida y a la vista está que tendrán que ser a la baja.

RIESGOS CONTENIDOS... POR EL MOMENTO
Los arsenales de políticas fiscales que permiten mantener las economías en un semi coma inducido, exigen cada vez de cirugía más fina y ya empieza a ser común por parte de bancos centrales, analistas de riesgo y organismos multilaterales, la advertencia de las consecuencias que puede traer una oleada de incumplimientos crediticios. El último informe del FMI sobre Estabilidad Financiera Global, señala que los riesgos se mantienen contenidos por el momento, pero destaca que las vulnerabilidades están aumentando y que se intensifica la inquietud por la situación de algunos países. Basta leer hasta dónde puede llegar la advertencia de los tenedores de deuda argentina apenas unos meses después del acuerdo que permitió su reestructuración.

ADVERTENCIA A LOS GOBIERNOS
Donde primero se fija la atención es en los ámbitos más sensibles a cambios en la percepción del riesgo y en este caso puede ilustrarnos el nivel de insolvencias que se registra en los títulos de deuda que no alcanzan el grado de inversión, conocidos como “bonos basura”, segmento donde se concentra el grueso de la inversión crediticia mundial. En septiembre, la tasa de insolvencia entre estos emisores se acercaba al 8% en EE.UU. (la mayor desde 2010) y podría rondar el 12% a finales de este año, según las agencias de calificación crediticia. Se llegó a alcanzar el 14% en la crisis originada tras la quiebra de Lehman Brothers.

Aunque en esta ocasión las empresas partían de un nivel de endeudamiento más moderado que en la crisis anterior, la caída de actividad vinculada a los cierres decretados es mucho más acentuada, las medidas extraordinarias decretadas se acercan al final y con el nivel actual de actividad y una mayor carga de deuda, los problemas para atender los vencimientos arriesgan con generar cadenas de impagos de severas consecuencias. Es el llamado “efecto abismo” al que se ha referido el FMI para advertir a los líderes políticos sobre los efectos de una retirada brusca de estímulos.

El debate sobre las ayudas fiscales está en este momento en un punto muerto en EE.UU. a la espera de las elecciones y de ahí que el resultado que más se desee por los inversores es el del control por un solo partido de las “tres casas”: Senado, Cámara de Representantes y Casa Blanca, y que no se vea con malos ojos una victoria demócrata que contrasta con el entusiasmo con el que los mercados recibieron al actual inquilino de la Casa Blanca en un momento donde los indicadores ya anunciaban una moderación de la actividad.

En Europa, el plan fiscal de €750 MM protege al euro de especulaciones, pero su puesta en práctica y el contexto en el que se ha de aplicar dependerá en gran medida de la coordinación política a cuya carencia tanto se imputa esta segunda oleada del virus.

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