El gran error de Sánchez que explica el caos político que vive España
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El gran error de Sánchez que explica el caos político que vive España

viernes 17 de abril de 2026, 11:08h

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A la cuarta fue la vencida y por primera vez en la historia de nuestra reciente democracia una moción de censura triunfaba en el Congreso de los Diputados y obligaba hasta el entonces presidente del Gobierno a abandonar el poder. Era el uno de junio de 2018 y con apenas 84 escaños el Partido Socialista conseguía que el candidato Pedro Sánchez lograra 180 votos a favor, por los 169 que se opusieron y una única abstención. Aquel día cambió la historia política de España y supuso el primer y gran error del entonces Secretario General de los socialistas.

Si unos días antes, el 25 de mayo, el grupo parlamentario del PSOE no hubiera registrado la moción, tras haberse asegurado de su victoria tras negociar con el resto de los partidos, Mariano Rajoy se habría mantenido al frente del Gobierno como ganador de las elecciones generales pese a la primera de las sentencias sobre la Gurtel. Sánchez consiguió lo que no había conseguido ningún otro político en nuestro país: unir a la izquierda radical de Unidas Podemos y sus cincuenta escaños, con las derechas nacionalistas de Cataluña ( 17 escaños del PDeCat y ERC junto a los 5 del PNV) y los republicanos de EnComún, En Marea, Bildu, Compromís y Nueva Canarias. Diez partidos y agrupaciones frente al conservador PP que había refundado José María Aznary el liberal Ciudadanos del cambiante Albert Rivera.

En aquel gran triunfo estaba el germen del gran error de Pedro Sánchez. Sin ese salto parlamentario por encima de los resultados electorales de cada formación, no habría tenido que pactar con Pablo Iglesias, olvidando sus pesadillas, ni habría tenido que nombrarle vicepresidente con otros cuatro ministros de esa formación, que era la puerta de entrada a dos mundos tan distintos como los de Bildu y Compromís. No habría tenido que hacer nuevas concesiones al PNV y sobre todo al futuro Junts de Puigdemont y a la ERC de Junqueras.

El error se convirtió en necesidad parlamentaria. Durante los siete años siguientes ha tenido que negociar, pactar y transigir con todos y cada uno de los apoyos para mantener al PP de Pablo Casado y luego al de Alberto Núñez Feijóo lejos del palacio de La Moncloa pese a que fuera el partido más votado en 2019 ( dos veces9 y 2023. No se lo perdonaría la doble derecha, que además conseguía los gobiernos de nueve Autonomías y una gran mayoría de los principales Ayuntamientos en sus respectivas elecciones.

Si no se hubiera convertido en presidente no se hubieran producido los escándalos de Abalos, Koldo y Aldama. Su mujer no habría puesto en marcha la cátedra en la Universidad Complutense, ni las sucesivas crisis dentro del Gobierno, que llevaron a la salida de Pablo Iglesias y la subida de Yolanda Díaz, se mantendrían hasta hoy. Tampoco habría estallado el enfrentamiento con el poder judicial, sobre todo con el Tribunal Supremo, ni Alvaro García Ortíz se hubiera convertido en Fiscal General para afrontar un juicio y una condena que le obligó a abandonar ese puesto.

Sin aquella primera victoria inesperada, el PP seguiría gobernando en solitario o con el apoyo de Vox; no se habría derrumbado el que hoy sigue siendo el partido principal de la oposición. Sin dimisión de Rajoy, el joven Pablo Casado no se habría convertido en su sucesor por encima de Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores Cospedal; no habría nacido la “policía patriótica” de la Kitchen, y Núñez Feijóo seguiría al frente del Gobierno gallego.

No tendríamos un enfrentamiento diplomático y político con Estados Unidos e Israel y no seríamos el país díscolo y diferente dentro de la Unión Europea. Lo más posible es que Pedro Sánchez siguiera al frente del PSOE, luchando por ganar las siguientes elecciones y que la fragmentada izquierda se hubiera fragmentado aún más. El PNV se mantendría en su feudo del País Vasco en pelea política con la izquierda nacionalista y republicana de Bildu, y Carles Puigdemont y Junts habrían perdido su capacidad de presión o de chantaje sobre el Gobierno Central.

España seguiría su camino de país viejo y con escasa capacidad dentro de Europa y menos aún en el mundo; nuestra derecha no habría roto ninguna alianza y sería una fiel discípula del Estados Unidos de Donald Trump, sin veleidades hacia China y con una calculada distancia respecto a la Rusia de Vladimir Putin tras la inevitable guerra en Ucrania y la destrucción de Palestina por el Israel de Netanyahu.

El mal estado de las vías férreas sería culpa del PP y no del último Gobierno; se habría cambiado la política energética, sobre todo la referente a la opción nuclear. El fenómeno político y social de Isabel Díaz Ayuso no tendría lugar tras el estallido sanitario del Covid y las soluciones de las mascarillas y la vacunación masiva. La inmigración sería un problema pero de forma radicalmente diferente al que es hoy, con las regularizaciones obligadas y masiva; la sanidad pública y la privada no estarían tan enfrentadas, las pensiones no habrían subido tanto, ni el paro estaría por debajo del diez por ciento y el crecimiento del PIB sería un ejemplo para el resto de la Unión Europea.

La foto política de España sería otra y la foto de Pedro Sánchez sería la de un líder de la oposición con fecha de caducidad y sin los problemas que acompañan a su mujer y a su hermano. Viviría más tranquilo, viajaría menos, no se habría sentado con los líderes mundiales y dentro del PSOE podría mantener una relación más o menos cordial tanto con Felipe González como con José Luís Rodríguez Zapatero. Si le preguntaran en su entorno familiar la respuesta sería la de elegir la paciencia como forma de alcanzar el poder. Dado que no se puede cambiar el pasado, el gran error de nuestro presidente se convertirá en un gran triunfo dentro de unos meses o una gran derrota de alcances imposibles de calcular para él, para su partido y para la izquierda en general.

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