Trump trata así de volver a las viejas esencias de los políticos norteamericanos que iban a las claras para defender los intereses de sus empresas en el mundo sin la excusa que los dirigentes demócratas, y republicanos desde Kennedy a Biden, se inventaron para justificar sus intervenciones militares en otros países.
En Vietnam y Corea fue la lucha contra el comunismo, en Afganistán e Irán, la democracia y salvar a las mujeres, en Iraq y Libia acabar con las dictaduras de Sadam y Gaddafi, respectivamente, lo mismo que en Siria contra Bachar el Assad. Y ahora, en Venezuela con la lucha contra el narcotráfico. Mentiras para ocultar la verdad: apoderarse de los recursos naturales que necesita.
Trump no quiere ocultar sus verdaderas intenciones y lo ha dejado muy claro allí donde le reclaman sus multinacionales como en Ucrania, donde ya ha logrado de Zelensky “las tierras raras” de su subsuelo que contienen cerio, lantano, neodimio, escandio o grafito, cruciales para tecnologías modernas, como misiles, vehículos eléctricos y la nueva electrónica), o ahora en Venezuela, con el petróleo. Que siga la República Bolivariana, que fundó Hugo Chávez, en el poder no le importa siempre que le dejen apoderarse del petróleo.
A cambio, y sólo por ahora, el presidente norteamericano parece dispuesto a repartirse el mundo con las otras dos grandes potencias, Rusia y China, aunque habrá que ver hasta que punto está dispuesto a defender Taiwán. Europa no le importa nada más que como consumidor de productos norteamericanos, incluidas las armas y seguirá promocionando a los partidos que están dispuestos a obedecerle sean de color que sea. La ultraderechista Marie Le Pen ha quedado descartada, lo mismo que seguramente el socialdemócrata Pedro Sánchez, los dos políticos europeos que más han criticado el secuestro de Maduro.