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Por José Manuel Pazos
martes 16 de noviembre de 2021, 07:58h

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En el mes de septiembre, George Soros publicaba un artículo de opinión en WSJ para advertir de los riesgos regulatorios de la inversión en China. Afirmaba que “verter miles de millones de dólares en China ahora, es un trágico error”.

Lo hacía respondiendo a la decisión de BlackRock, la mayor gestora del mundo, de abrir fondos para invertir en el país asiático para los que habría recaudado más de 1.000 millones de dólares. Acababa el veterano inversor su artículo, pidiendo al Congreso que regulase y limitase los flujos hacía China.

REPRESION vs RENTABILIDAD

La represión regulatoria viene, sin embargo, del otro lado, y se intensificó durante el verano con el objetivo de limitar el desarrollo de mercados de inversión “extraterritoriales” para empresas chinas, donde los inversores occidentales buscan mantener su inversión en valores chinos, pero alejada de la inseguridad jurídica de los asiáticos. En paralelo, surgió el caso Evergrande y el de otras promotoras, que sirvió para evidenciar las debilidades de un sector inmobiliario, extremadamente endeudado, amén de inseguro jurídicamente.

Sin embargo, la búsqueda de rendimiento, en medio de un océano de represión financiera en los mercados desarrollados, donde poca esperanza cabe de obtener rentabilidad real con bajo riesgo, continúa animando la demanda extranjera de títulos chinos, ahora dirigida directamente a capturar oportunidades en el propio país.

A pesar de las amenazas regulatorias y del muy pobre desempeño este año de los mercados chinos, la inversión financiera en el país por parte de extranjeros solo ha moderado su tasa de crecimiento, que fue explosiva en 2020 (más del 60%), y que, a pesar de lo acontecido en los últimos meses, ya superaba a finales de septiembre los 1.1 billones de dólares.

EL YUAN COMO ACTIVO

China sabe que, en gran medida, la confianza en su divisa es un activo de primer orden para favorecer el atractivo de la inversión extranjera y el desarrollo de unos mercados financieros que están todavía muy alejados de los estándares que rigen en Occidente.

El yuan es hoy un 11% más caro frente al dólar de lo que era hace poco más de un año y un 23% más caro respecto al tipo de cambio, prácticamente fijo, que mantuvo durante la década 1995-2005. Pero al mismo tiempo que es un activo que acrecienta la confianza y le permite continuar en el camino de extender el uso mundial de su moneda como de divisa reserva, hoy todavía en sus albores, sabe que esta apreciación tiene que controlarla para evitar que a los muchos retos que ya enfrenta, se sume el de una divisa demasiado fuerte, que suponga un lastre adicional para su crecimiento. Recordemos que, prácticamente, su PIB se estancó en el tercer trimestre.

En una economía donde la presencia del Estado es tan relevante, no hay una postura oficial respecto a la política cambiaria, más allá del consabido deseo de un tipo de cambio estable y que responda a las condiciones de oferta y demanda, que los máximos dirigentes del PBoC manifiestan formalmente, algo que podría decir cualquiera sin que signifique nada.

Poco antes del verano, cuando ya los precios de las materias primas eran un problema, en una editorial que fue rápidamente censurada, uno de los dirigentes del PBoC señalaba que era interés de China el que su moneda se apreciase para combatir la inflación. Eso ya nos da una pista, pero esto de interpretar las voluntades en China y su traducción en cotizaciones y precios, es trabajo solo para expertos, pero les costará depreciar al yuan.

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