Trece escaños para iniciar el “Régimen del 19”
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Trece escaños para iniciar el “Régimen del 19”

lunes 03 de junio de 2019, 06:18h

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Trece escaños separan una fuerte derrota de una buena victoria. Trece escaños y 510.000 votos. Trece escaños y nueve décimas menos en el porcentaje total de votantes. Trece escaños y siete años y siete meses por medio. Esos son los datos que separan al PSOE de Pedro Sánchez del PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Los trece escaños, como parte de los 123 conseguidos por la oferta socialista frente a la dispersión del resto son la losa funeraria que va a enterrar al llamado “Régimen del 78”, el que nace con la Constitución de ese año y que se articula en apenas 72 meses en torno a la Monarquía de Juan Carlos I y el PSOE como partido hegemónico de la izquierda y de media España. El “régimen del 19” con su proyecto de Monarquía federal con Felipe VI acaba de comenzar.

La gran diferencia que existe entre el 28 de abril de 2019 y el 20 de noviembre de 2011 no está dentro del Partido Socialista, ni siquiera está entre sus votantes. Está al otro lado, en el Partido Popular, que en ese mismo tiempo pierde seis millones setecientos mil votantes y 120 escaños, los que separan la mayoría absoluta de Mariano Rajoy al peor resultado de su historia con Pablo Casado. Una caída libre en toda España de la que se nutren principalmente otras dos fuerzas, Ciudadanos de Albert Rivera que pasa de la nada en 2011 a conseguir 4.155.665 votos y 57 escaños en 2019, y Vox de Santiago Abascal que de la inexistencia en ese mismo tiempo llega a los 2.688.092 votos y 24 escaños.

La suma de los votos en las urnas que consiguen Ciudadanos y Vox el 28 de abril coinciden con los que pierde el PP. Los 40 escaños que separan los resultados se deben a la aplicación de la Ley D´Hont y la penalización que sufre la triple oferta de la derecha por su división.

¿Quién gana en ese vaivén político que se registra en los últimos siete años largos?: los nacionalistas valencianos, catalanes y vascos, más o menos radicales, más o menos independentistas; y la izquierda a la izquierda del PSOE, Podemos en sus distintas variantes y nombres, que pasan de la nada a los 42 escaños que consiguen en abril de este 2019. Esa cifra que sumada a la de C´s y Vox se parece mucho a la que consiguiera con su mayoría absoluta el PP de Mariano Rajoy.

En esos 91 meses pasan muchas cosas, tanto a niveles políticos y partidistas como personales y judiciales que explican las grandes diferencias finales. Para empezar la participación ciudadana: 1.811.699 ciudadanos más decidieron acudir a las urnas en ese tiempo, con mayor diferencia aún en las otras dos citas intermedias, las de 2015 y 2016. En esa última, la diferencia respecto a la asistencia de votantes que se da en 2019 es de dos millones doscientos mil españoles que ejercen su derecha menos.

Primera conclusión: la abstención es de izquierdas. Menos asistencia a las urnas favoreció al Partido Popular. Ahí radica uno de los motivos por los que Rajoy y su partido obtuvieron mejor resultado en 2016 respecto a 2015: un millón de votantes se quedaron en casa, cansados de ver a la clase política incapaz de formar gobierno y de que se les volviera a consultar con unos pocos meses de diferencia.

Ese 6,7% de diferencia que hay entre los votos conseguidos por Pedro Sánchez respecto a los conseguidos por Pérez Rubalcaba sobre cifras absolutas quedan desdibujados si colocamos al lado los porcentajes de participación electoral y los alcanzados por los socialistas: la balanza se inclina hacia el ex ministro fallecido por un exiguo pero clarificador resultado, nueve décimas que deberían servir para reducir egos y mirar al futuro con humildad.

Sin la moción de censura contra Mariano Rajoy que presenta Pedro Sánchez y que se discute, vota y triunfa entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 2018 todo lo acontecido después no habría tenido lugar. Pensar y sostener que se produjo sólo por la publicación de la sentencia sobre el “caso Gurtel” es tan simplista como falso. El conocimiento público de la decisión del tribunal de la Audiencia Nacional sirvió de mecha pero la carga - no una, eran varias - explosiva ya existía y afectaba, la habían puesto y favorecía al resto de formaciones políticas, de diferente forma e intensidad pero a todas, desde las catalanes a las vascas pasando por las izquierdas estatales. Y con los intereses personales de sus dirigentes ( hay que incluir a alguno del propio Partido Popular que calculó mal la intensidad y el alcance de la explosión ) como parte del acelerador que se puso para que la mecha ardiera más rápida.

Lo que ocurre entre 2011 y 2015 hunde al PSOE y está a punto de destruirlo. Mientras en la derecha se disponen a resistir las andanadas de los escándalos de corrupción, con la Gurtel en el epicentro, gracias a la mayoría absoluta conseguida, en el socialismo el desconcierto es total. Y pasa por 3 fases. En la primera, que llega hasta mediados de 2014, el derrotado Rubalcaba aguanta la frente de la organización por razones de estado, las que llevan a la abdicación de Juan Carlos I en junio de ese año.

La segunda y la tercera son consecuencia de las peleas internas por hacerse con el control del partido, y en ambas ocasiones terminará ganando el aspirante que parecía condenado a perder.

Pedro Sánchez vencerá primero a Eduardo Madina, que era el favorito, y cuando desde el interior del partido se intente y se consiga obligarle a dimitir como secretario general, tendrá la paciencia suficiente para regresar y vencer a la nueva favorita, a la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz.

No desaparecerán sus problemas, ni dentro, ni fuera del PSOE. Se encuentra entre la espada y la pared, otra vez con su previsible salida de la secretaría general de su partido, tras dos derrotas en las urnas en menos de un año, y desde las oscuridades de la política le llega su salvación: debe presentar una moción de censura que será apoyada por 180 escaños, los de un Podemos que ya empieza a retroceder, los de unos independentistas catalanes que creen encontrar en el líder socialista una salida para sus evidentes males judiciales, y los de un PNV que ya ha conseguido del gobierno Rajoy lo que quería, cinco mil millones de euros más, y que quiere alejar lo más posible a Ciudadanos de un hipotético pacto de gobierno con el PP.

En la primavera de 2018 sólo quedan dos partidos en pie, el PP que cree que se le han perdonado electoralmente sus escándalos y un PNV que cree poder controlar parte de la política nacional mientras e asegura su dominio en el País Vasco.

El PSOE sigue roto por dentro y con un liderazgo muy débil fruto de la división y las ambiciones de sus dirigentes. Lo mismo ocurre en Podemos tras la pública ruptura entre Iglesias e Iñigo Errejón, una fractura que se extiende bajo la apariencia de diferencias ideológicos por toda España. En Cataluña, con unos dirigentes presos y otros huidos ocurre lo mismos en las filas independentistas.

La catársis salvadora para los que se ven perdedores en 2020 llega en forma de moción de censura, presentada sobre la base de 84 escaños y con un compromiso por parte de quien la presenta tan equívoco como el que presentara Felipe González en los comicios de 1982. Al “de entrada no” a la OTAN, y de salida tampoco, que es lo que sucedió, se le cambia por una promesas de elecciones “ lo antes posible”.

Convocar por adelantado a las urnas para sacar ventaja cuando ves a tu adversario mal preparado y en horas bajas tiene sus riesgos. Lo hace la presidenta de Andalucía creyendo que la debilidad del PP, la debilidad de Podemos y la debilidad de Ciudadanos le va a permitir una mayoría sin el agobiante apoyo que ha recibido de la formación naranja.

Nadie piensa que la división de la derecha va a ser decisiva para su victoria de cara a la formación del nuevo gobierno. Y es así por dos razones : la abstención que habría perjudicado al PP es la que vota a Vox, por lo que ese espacio ideológico se completa. La que si se da es la abstención en la izquierda, cansada de un partido que lleva casi 40 años en el poder, y cansado internamente de su líder en la Comunidad.

Con los resultados de las urnas del 1 de diciembre de 2018 en Andalucía, Pedro Sánchez y la dirección del PSOE lo tienen claro: las elecciones generales se tienen que celebrar por delante de las obligadas autonómicas, municipales y europeas del 26 de mayo. No quedan muchas fechas “libres” y sale la de finales de abril.

Dejar que la derecha se repartiera nuevos territorios siguiendo el ejemplo de Andalucía era algo que no se podía hacer. Tampoco se podía esperar a que hubiera sentencia en el Tribunal Supremo sobre los dirigentes catalanes en prisión preventiva. Ni siquiera se podía esperar a que en el mundo convulso de la disputa entre grandes potencias la economía se contrajese si se esperaba al termino de la Legislatura, en diciembre de 2020.

El 26 de mayo de 2019 terminaba una etapa en el socialismo y comenzaba otra. De nuevo se podía gobernar con muy pocos votos, menos que nunca con un partido ganador. Eso sí, el resto de los rivales está mucho peor, por la derecha y por la izquierda. Mal que bien el PSOE se ha recuperado, casi volviendo al punto de partida de 2011, pero con más poder territorial y mejor situación para negociar.

Trece escaños pueden ser muy pocos y muy importantes. Hay que manejarlos, al igual que hay que manejar las cifras en doce Autonomías y unos miles de Ayuntamientos. Reconstruir el bipartidismo imperfecto de 40 años no es fácil. Es posible. Por la izquierda la hegemonía está clara. Por la derecha depende de dos políticos tan acostumbrados a equivocarse en los momentos cruciales que es muy posible que sigan haciéndolo.

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