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jueves 24 de mayo de 2018, 01:00h

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Se pregunta 'The Economist' en el editorial que esta semana dedica al dólar, cuál es la mayor fuente de poder de los EE.UU. Si hace unos días recordábamos que el 50% del gasto en políticas de bienestar del mundo es ejecutado en Europa, en el caso norteamericano, podemos decir lo mismo respecto al gasto militar: concentra el 50% del gasto militar mundial. Solo su Armada es mayor que todas las Armadas del mundo juntas.

Siguiendo al margen de lo estrictamente económico, 15 de las 20 universidades más prestigiosas del mundo son norteamericanas según una de las principales universidades de China. Si atendemos a la población, algo a lo que ha de ser muy sensible Europa, los EE.UU. se mantendrán, según las estimaciones de la OCDE, entre los tres países más poblados del mundo en 2050 junto a India y China. Dominan el mundo desde comienzos del siglo XX. Su liderazgo en la revolución tecnológica no tiene discusión y su política de inmigración, a pesar de exabruptos de quién ejerce su presidencia, le permite importar conocimiento del resto del mundo como ningún otro país. Por si fuera poco, y en ello se centra The Economist, tienen el dólar, la divisa de reserva mundial que según el informe más reciente del BIS (Banco Internacional de Pagos de Basilea) está presente en el 97.2% de las transacciones internacionales. El euro le sigue con el 29%, quedando para la moneda de China el 0.8%.

¿Larga vida al euro? La opinión pública europea, todavía muy a favor. Los italianos, los que menos.

Los imperios caen, pero no es fácil ver ahora donde están las claves de ese posible declive. Al menos no se da una de las condiciones que va siempre vinculada al declive de los imperios, que es la desaparición de las ganancias de productividad. Los imperios no lo son para siempre, pero si ha de ser el euro el que dé algún día relevo al dólar, de momento Europa está muy por detrás. El principal problema que tiene Europa es precisamente el práctico estancamiento de la productividad en las últimas décadas, y no hay oportunidad en la que desde las tribunas europeas se hable del futuro de la UE a largo plazo que no tenga como eje central lo imperioso de su incremento. Es singularmente interesante en este aspecto releer la lección magistral del Presidente del BCE de finales de 2016 en Madrid con ocasión del centenario de la Deusto Business School. Pronunciada ante un foro plagado de académicos y titulada “El reto de la productividad en Europa”, explica que de persistir la actual ralentización de la productividad, se verá afectada notablemente la prosperidad futura y la cohesión de la zona euro.

Aunque es improbable que su reinado dure para siempre, no hay un sustituto obvio para el dólar, dice The Economist. Y es que ese liderazgo depende fundamentalmente de la confianza que despiertan sus instituciones. Si algo caracteriza a los populismos de uno y otro signo es precisamente el cuestionamiento institucional. Lo estamos viendo de nuevo en Cataluña, sin que, de momento, los mercados hayan mostrado inquietud ocupados como están con lo que ocurre en Italia.

El otro carácter intrínseco a los populismos es su foco en las decisiones de corto plazo, sin reparar en su impacto a largo plazo; aunque como hemos visto en España con el alza de las pensiones, no es exclusivo del populismo. Con este panorama de fondo, el dólar continua apreciándose y con el motor del alza del diferencial de rentabilidad calentándose, es muy probable que lo siga haciendo. Su reinado continúa.

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