Pedro Sánchez ha logrado anular casi por completo a sus aliados de izquierda y la cumbre de Barcelona, con el apoyo de los presidentes de Brasil, Lula da Silva, y de México, Claudia Sheinbaum, le ha servido para darles la puntilla. El líder de Izquierda Unida, Antonio Maillo ha tratado de poner las cosas en su sitio afirmando que Sánchez promete mucho pero luego hace muy poco en efectivo. Pablo Iglesias y lo que queda de Podemos también largan ahora contra el presidente que les dio sus carteras ministeriales pero es difícil que alguien les crea y les tome en serio.
En su larga carrera hacia la izquierda, Sánchez no solo ha perdido a los líderes históricos de su partido, empezando por Felipe González y Alfonso Guerra, sino también a los muchos barones socialistas que ganaban elecciones autonómicas apostando por el centro político. Ahora todas las apuestas políticas se centran en saber qué es lo que va a hacer Sánchez para ganar las próximas generales.
El presidente está convencido de que su enfrentamiento con Donald Trump e Israel, así como resucitar el No a la Guerra, puede darle esos 30 diputados más que le permitirían seguir en La Moncloa con el apoyo de los nacionalistas frente a un PP que se ha estancado por no saber conectar con el mundo real y un Vox que también parece haber llegado a su límite.
La única encuesta que le da la razón a Sánchez es, como siempre, el CIS de Tezanos pero va a ser difícil que en un año el PSOE pueda convencer a ese millón de españoles que están en la abstención y que solo acuden en momentos clave a las urnas, como ocurrió en 2004 para echar del gobierno al PP de Aznar y Rajoy, castigándolos por su apoyo a la invasión de Iraq.