Príncipe y Principito

martes 21 de octubre de 2014, 21:41h

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Felipe de Borbón  a la espera de reinar se mueve entre la obra escrita por Maquiavelo y la escrita por Saint-Exupery
El Príncipe de Asturias será el rey más viejo en llegar al trono. Acaba de cumplir los 45 años y nada indica - salvo la renqueante forma física de su padre - que las previsiones sucesorias se puedan cumplir por una abdicación (tantas veces pedidas desde fuera como negadas desde dentro por el propio interesado ) de don Juan Carlos.

Felipe VI serà el undécimo Borbón en ceñirse la corona desde que lo hiciera por primera vez el otro Felipe en el inicio del siglo XVIII, trescientos años en los que salvó los breves periodos de las dos Repúblicas, la presencia de Amadeo de Saboya y la dictadura del general Franco, la dinastía ha gobernado España con más pena que gloria, pues basta echar un vistazo a los reinados de Fernando VI, Carlos IV, Fernando VII e Isabel II para comprobar el desastre que ocasionaron y que nos ha acompañado prácticamente hasta la restauración democrática en la que hoy vivimos.

Luis I apenas reinò siete meses mientras que Fernando VI mantuvo el récord de 33 años hasta la llegada de Juan Carlos I que ya le ha superado ampliamente. Muchos son los que han querido colocar al príncipe Felipe en las ambiciones que llevaron al nefasto Fernando VII a conspirar contra su padre, algo que el propio Felipe ha desmentido con hechos, que es la mejor forma de hacerlo. De igual manera que otros más rebuscados y bajo el paraguas de la igualdad de mujeres y hombres han intentado poner en entredicho su sucesión en favor de su hermana Elena, la primogénita, que puede ser la última a la que afecte una norma tan vetusta, injusta y nada democrática como la "Ley Sálica".

Despejadas las incertidumbres legales y situado el Príncipe en el terreno real y cotidiano de estos tiempos nuestros, desde su polêmico y parece que acertado matrimonio con Letizia Ortiz a los escándalos judiciales de su cuñado Iñaqui Urdangarin y las escapadas cinegeticas de su padre, Felipe de Borbón y Grecia se mueve entre dos de las obras más universales de la literatura, aparentemente sin nada en comûn pero que creo pueden explicar el hoy y el mañana de la monarquía española.

Es a la vez el Príncipe de Maquiavelo y el Principito de Saint-Exupery. Debe tener en cuenta los consejos y la experiencia vertida en cinco meses de exilio en San Casciano del consejero florentino; y estar dispuesto a recorrer el universo nada infantil del aviador francés durante su estancia en Nueva York.

Tiene y tendrá que tener en cuenta que al no gobernar y si reinar, las mayores dosis de temor que infunden los que gobernantes deberán encontrar en él el antídoto del cariño de los ciudadanos; que las pasiones humanas llevan a los poderosos a moverse entre lo que es y lo que debiera ser, perdiendo siempre la última. E incluso tendrá que aplicarse una de las máximas que el Nicolás de 1513 le hace llegar a Lorenzo de Medicis como una forma de ganarse su perdón: " a veces es necesario pecar para conservar el estado y la libertad". Y si en la ciudad - estado de Florencia era necesaria la regeneración política por más que el "modelo" fuese el español César Borgia, en la nación - estado española esa misma necesidad de regeneración se deja sentir en todas las capas de la sociedad.

Si lee o vuelve a leer la segunda de las obras que hablan de príncipes y reinos, escrita 430 años más tarde, verá que los seis planetas que visita el habitante del asteroide B 612, con sus tres volcanes y una ûnica y por eso más amada rosa, representan en el hoy español una buena porción de los problemas a los que nos enfrentamos, desde el rey al geógrafo pasando por el vanidosos, el,borracho, el farolero y el hombre de negocios. Si el italiano Nicolás diseccionaba el mundo real para que el " poder" pudiera controlarlo por el mayor tiempo posible, el francés Antoine recurría a la imaginación para avisar de los peligros que conlleva la pérdida de la inocencia por la que todos pasamos.

La mejor manera de combatir a los peligrosos baobabs que todo lo complican, sobre todo cuando se les deja crecer de forma desordenada, es seguir uno de los consejos o principios básicos de todo líder que quiera serlo y no aparentar serlo: ser neutral ante los problemas es una desventaja. Hoy la sociedad española, los ciudadanos españoles de toda condición no desean neutralidades, quieren compromisos. Tal vez el destino de Felipe VI y de la monarquía esté en resolver con inteligencia lo que significa la palabra neutral en nuestra Constitución.
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