Fracasan Casado y Rivera frente a Sánchez
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Fracasan Casado y Rivera frente a Sánchez

lunes 11 de febrero de 2019, 05:42h

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Convertir un fracaso en un éxito es fácil: se dice que se ha logrado el doble de lo que se pretendía lograr. Es lo que han hecho este domingo los convocantes a la manifestación de la derecha española contra el gobierno de Pedro Sánchez. 45.000 personas son muy pocas y 20.000 aún menos para el gran objetivo que se buscaba.

Si Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal se conforman con llenar la plaza de Colón se conforman con muy poco. Esperaban llenar el Paseo de la Castellana y hacer coincidir en la capital del Reino a más de cien mil personas. Esa es la verdad y no la que han filtrado a los medios de comunicación.

Había miles de banderas es cierto y todos los líderes políticos de todos los colores deben tenerlo en cuenta, pero muchas menos de las esperadas, y eso es malo y hasta muy malo para dos de los tres partidos que habían hecho de este domingo, diez de febrero de 2019, el punto de partida para su asalto definitivo al poder; la base para desalojar de La Moncloa al rival que más insultos ha recibido en menos tiempo.

No han fallado los previsibles votantes de Vox, han fallado los antiguos votantes del PP y sobre todo los que pensaban votar a Ciudadanos. Estos últimos van a estar pensando durante semanas y meses si Rivera y el resto de dirigentes de la formación naranja se merecen su apoyo en las urnas.

Para convertir febrero en un escenario parecido - permítaseme la licencia histórica - al de hace 38 años pero en versión civil la manifestación tenía que haber reunido a varios cientos de miles de ciudadanos deseosos de acabar con el actual gobierno. A partir de esa cifra se podía convencer a viejos dirigentes del PSOE y a un pequeño número de parlamentarios de ese mismo partido para presentar una moción de censura y, a través de ella, nombrar un nuevo presidente “independiente y con prestigio” que convocara elecciones generales para el 26 de mayo. Esa era la hoja de ruta elaborada en algunos despachos políticos y consultorías electorales.

Después vendría la “solución definitiva” para acabar con el problema catalán: la suspensión de la autonomía por el tiempo suficiente para que los deseos de independencia pasasen al baúl de los recuerdos; solución acordada y aprobada por un gobierno de “unidad nacional” o de concentración.

Ese es el auténtico motivo del frenazo y marcha atrás producido en el gobierno de Sánchez para romper toda negociación con los independentistas catalanes. Sin negociación no hay “relator” y volvemos a la casilla de salida: un juicio largo y tedioso, con previsibles condenas duras y un escenario político sin Presupuestos Generales que nos lleva, como pronto, a elecciones en el próximo otoño.

Antes tendremos los mil y un exámenes del 26 de mayo, los que tanto asustan a los líderes autonómicos y municipales de los distintos partidos y sobre todo a los del PSOE y Podemos. En menor medida a los del PP y Ciudadanos. Y en nada o casi nada a los de Vox.

Si se amplía la mirada a las formaciones regionales, lo sucedido en Madrid este domingo se habrá visto con gran contento en el PNV tras la entrevista/amenaza de su presidente, Andoni Ortuzar; y con alivio para Puigdemont, Torra, Junqueras y compañía necesitados de un escenario menos radical para la celebración del juicio contra sus compañeros de “escapada” del uno de octubre de 2017. Ya no se trata de defender a Cataluña, se trata de conservar el sillón de un inexistente “ gobierno en el exilio” y de intentar que los encarcelados pasen el menor tiempo posible en prisión.

Arrinconado contra las cuerdas, sufriendo un golpe tras otro, desde los insultos a la presentación de las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos, mal defendido por una vicepresidenta que no sabía explicar casi nada en sus comparecencias, y alejado tanto de la mayoría de su gobierno como de la mayoría de su partido, Pedro Sánchez ha tenido que ver el fracaso de la manifestación madrileña como el sonido de la campana con la que termina un asalto de boxeo. Vendrán otros, sin duda, de los que saldrá magullado y con la nariz rota pero con los adversarios más cansados.

Puede y es muy probable que el presidente del gobierno y secretario general del PSOE piense que ha vuelto a ganar una batalla a los adversarios de fuera y a los enemigos de dentro, que desde Felipe González, Alfonso Guerra y José Luís Corcuera hasta Emiliano García Page y José María Barreda han quedado derrotados por su estrategia. Y se equivocará: el fracaso de la derecha española en la convocatoria no le da la razón a su forma de gobernar y a sus decisiones tan presidencialistas. El aislamiento personal del que hace gala es malo para la salud de la democracia.

Algo muy parecido deben hacer Pablo Casado, sobre todo mirando a Núñez Feijóo; y Albert Rivera no queriendo quemar a Ines Arrimadas y a Begoña Villacís antes de tiempo. Los dos siguen haciéndole la campaña electoral y el futuro más fácil a Santiago Abascal y a Vox. Y un flaco favor a sus compañeros de Andalucía, Moreno y Marín que, tras conquistar el poder de la Junta, pueden perder el de los Ayuntamientos. La España convulsa de Felipe VI parece que, afortunadamente para todos los ciudadanos, ha decidido alejarse de los modelos de la que vivió su padre.

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