Los líderes se cubren las espaldas
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Los líderes se cubren las espaldas

viernes 22 de febrero de 2019, 19:19h

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Dirigentes de “toda la vida” que renuncian a seguir ya han aparecido en todos los partidos. La convocatoria electoral la van a aprovechar desde Sánchez a Iglesias pasando por Casado y Rivera para cubrirse las espaldas. Quieren ganar pero sobre todo no quieren que una derrota les manda a casa

En política, si crees que van a echarte es mejor decir que te vas. Renuncias en lugar de esperar a ver que tu nombre no aparece en las listas, y si puedes irte con el enemigo/adversario en una nueva lista o hacerle un “roto” a tu partido y con ello perjudicar al líder que ha decidido prescindir de tus servicios pues ese plús de venganza que te llevas.

Lo vemos y comprobamos tanto en la despedida de Celia Villalobos como en la de José María Barreda, dos puntales en el PP y en el PSOE durante treinta años. La andaluza y el castellano manchego sabían que los actuales dirigentes de sus partidos no iban a contar con ellos. Y antes de afrontar el no han optado por una despedida elegante. El mallorquín Bauzá ha hecho lo mismo, en este caso esperando tal vez que desde Vox le ofrecieran una segunda “vida” política. No son los únicos casos y de aquí al cierre de las listas vamos a ver bastante nombres más alejarse de las siglas bajo las que han actuado en la vida pública.

Están los que se van y los que ya se fueron y que tan sólo pueden aspirar a hacer ruído. Casi siempre o siempre en contra de los liderazgos e idearios de las nuevas direcciones. Son los casos de Alfonso Guerra y Mayor Oreja, dos símbolos de una forma de ver y hacer en política desde el PSOE y desde el PP. Uno llegó a ser vicepresidente y número dos del socialismo bajo la más que alargada sombra de Felipe González; el otro, convertido en ministro de Interior aspiró a suceder a José María Aznar. Hoy critican con más o menos fierza a Pedro Sánchez y a Pablo Casado.

NI Rivera, ni Santiago Abascal tienen ese problema. Sus listas se nutren en gran parte de ex de otros partidos que ya se fueron ante la falta de proyección que tenían en sus organizaciones de origen. El caso de Pablo Iglesias obedece también a una “limpieza” de rivales dentro de Podemos pero matizada por los propios y graves errores en su forma de entender el liderazgo.

Lo más importante, con todo, no son las “deserciones” o pequeñas treaiciones de los que se van antes de que el que manda les haga saber que no cuenta ya con ellos. La clave de fondo está en el deseo de los actuales líderes de los ya cinco partidos nacionales - vamos a dejar a un lado a los nacionalistas, en los que también se repite el fenómeno de limpieza polñitica y personal - de asegurarse su futuro y el del núcleo duro que les acompaña. Sánchez, Casado, Rivera, Iglesias y Abascal quieren conquistar el poder o por lo menos compartirlo. Ese es el primer objetivo que les ha llevado a la vida pública. El segundo es la supervivencia. Saben que ganarán unos y perderán otros y que lo importante es permanecer. Si te mantienes al frente de tu partido puede que el tiempo te lleve a ganar y mientras tanto, estar es un “trabajo” un “oficio” muy bien remunerado.

Sánchez lo sabe por experiencia: llegó, le echaron, volvió y en una pirueta parlamentaria se convirtió en presidente con 84 escaños. Desde sus primeros pasos como concejal hasta su triunfo al frente del socialismo siempre ha mantenido la voluntad de permanencia, aquello que repetía Camilo José Cela de que “el que resiste, gana”. Y el ganó a Felipe Gonzalez, a Rodríguez Zapatero y ha dejado a Susana Díaz en el borde del abismo en Andalucía.

Casado es el otro ejemplo perfecto: desde las entrañas del PP estaba viendo la pelea por la sucesión entre las dos mujeres en las que se había apoyado Mariano Rajoy. Esperó biuen aconsejado por Aznar a que se hirieran en el primer combate para recabar los apoyos de la perdedora y derrotar en el combate final a la que ya se creía en posesión del título. Ahora tiene el convencimento de que si se mantiene al frente del PP será cuestión de tiempo el sentarse en el sillón de La Moncloa, con cama y colchón incluídos.

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