Casado y Aznar resucitan a Fraga para volver al poder
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Casado y Aznar resucitan a Fraga para volver al poder

lunes 21 de enero de 2019, 05:42h

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“Ni tutelas, ni tutias”, las palabras de Aznar recordaron este fin de semana en Madrid, a todos los dirigentes populares,que estaban regresando al futuro, a la Sevilla de marzo de 1990 y a la presencia de un Manuel Fraga que rompía un sobre y dejaba vía libre para que el hombre que dejaba la presidencia de Castilla y León y acababa de perder unas elecciones generales frente a Felipe González se convirtiera en el eje de la derecha española para volver al poder.

La mejor de las venganzas siempre se sirve en frío. En apenas 48 horas Pablo Casado se la puesto en bandeja a José María Aznar. Venganza sobre su sucesor y todos los que le obligaron a colocarse a un lado y coquetear con Albert Rivera, primero, y con Santiago Abascal más tarde. Adiós a los elogios a los compañeros que quieren representar a la derecha. El ex presidente se convirtió en el mejor de los teloneros para reivindicar y defender lo que ha sido su máxima contribución a la vida política sde este país: la unificación de toda la derecha.

Al lado de Ana Botella - los dos con la felicidad por dentro mientras Esperanza Aguirre la llevaba muy por fuera - Aznar quiere que su discípulo logre en dos años lo que a él le costó siete. Con la misma fórmula: máxima dureza hacia el PSOE y la izquierda en general, con los mismos argumentos: están destrozando España con sus pactos y acuerdos con sus enemigos d dentro y fuera de las fronteras.

Ni una palabra al pasado más reciente, como si no hubiera existido y hubiera gobernado con tres victorias y na de ellas por mayoría absoluta. Si en la próxima convocatoria de elecciones generales el PP logra volver al poder, todo lo vivido, hecho y logrado por el partido entre 2011 y 2018 se borrará de su memoria.

Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría fueron un punto y coma en el arranque de la Convención del Partido Popular. Pasaron de puntillas como pidiendo perdón por sus seis años de gobierno, por sus siete de oposición y, en el caso del ex-presidente, por sus catorece años como líder de la organización. Aplausos y discreto mutis por el foro. Al igual de lo que ha hecho Dolores Cospedal, la víctima de los dos fuegos amigos, discreta en la Convención y dispuesta a pasar página de la forma más rápida posible desde su estratégico puesto en el Tribunal Supremo, Sala de lo militar.

Habla Casado y toda la nueva cúpula de la formación de rearme ideológico, de recuperación de la identidad - de paso Andrea Levy quiere acabar con los pocos supervivientes de la era Rajoy que conservar algo de voz y voto, por ejemplo Cosidó - del regreso a las esencias. Un retroceso en toda regla, al igual que está ocurriendo en gran parte de Europa. Necesita el PP los votos perdidos en Vox y necesita que no se pierdan otros camino de Ciudadanos.

Faltan cuatro meses para que las urnas digan quienes van a gobernar en trece Comunidades autónomas y en miles de ayuntamentos. Cada fin de semana tendrá su mitin, su arenga, su ataque directo y brutal hacia los adversarios del exterior -la izquierda y los nacionalistas - con mucha España y muy poco de lo que esa misma España necesita si quiere ser alguien en los próximos años: sanidad, educación, pensiones, puestos de trabajo, investigación, cambios en su estructura política, peso exterior en su política. La dignidad de España no está en la envoltura del nombre, está en el contenido y los deseos de sus ciudadanos.

El PP tiene todo el derecho a pactar con quien quiera y pueda, siempre que esa formación acepte las reglas del juego democrático y haga púbicas sus metas. Se trata de los votos, que es la forma de elegir de manera indirecta a los que nos gobiernan. NI desde dentro y menos desde fuera pueden dar lecciones a nadie. Basta con mirar a Italia, a Austria o a Suecia. Por supuestos a Francia y Gran Bretaña.

La política se ha convertido en el arte de llegar al poder a través de la suma de representantes que se consguen en las elecciones. Y a las urnas se presentan aquellos que pueden hacerlo dentro de la ley. Se vota y se acepta el resultado. No queda otra, salvo que se pretenda romper el sistema y se aspire llegar al poder por otros medios. Pasada la Legislatura y si la mayoría se siente descontenta, se cambia.

Lo demás son palabras vacias.
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