Aunque una confrontación militar a gran escala resulta poco probable por la disuasión que impone el armamento nuclear, la tensión crece mediante el uso de instrumentos económicos, tecnológicos y monetarios: sanciones, incautaciones, restricciones comerciales, alteraciones en los sistemas de pago y control de materias primas.
FUERA Y DENTRO
Este proceso adquiere un carácter singular porque es el propio país que lideró la creación de ese sistema de normas, y que al amparo de ellas consolidó un enorme poder económico y monetario, quien ahora impulsa su desmantelamiento. Aun manteniendo ese poder, conserva el control del sistema internacional de pagos y emite la deuda considerada más segura, gracias a que dispone de la principal divisa de reserva mundial. El dólar es, al mismo tiempo, la expresión y el instrumento de ese poder.
Esta situación coloca al resto de países en una posición de debilidad de la que intentan liberarse reduciendo su dependencia de todo lo que representa ese dominio. La lógica del proceso apunta a una demanda decreciente de dólares y de bonos del Tesoro, con el riesgo que ello implica para Estados Unidos, que podría enfrentarse a una depreciación de su moneda y a un aumento de los tipos de interés a largo plazo. Este escenario sería consecuencia tanto de la menor demanda internacional de su deuda como de sus crecientes déficits fiscales.
Conviene recordar que la ruptura con las normas no se limita a las relaciones exteriores, sino que también afecta al ámbito interno. El intento de influir sobre la Reserva Federal, del que no hay señales de abandono, genera tensiones en el sistema de contrapesos institucionales y alimenta dudas sobre la independencia de la institución y sobre la solidez del propio Estado de derecho.
EL UMBRAL SE DESPLAZA
A pesar de todo, sorprende la limitada reacción de los mercados, tanto en intensidad como en duración. La magnitud y la frecuencia de los acontecimientos hacen que episodios que antes habrían sido considerados desastrosos parezcan ahora menores frente al tamaño de las amenazas. Sin embargo, esos hechos se acumulan y tienen implicaciones a largo plazo, aunque solo provocarán cambios bruscos cuando sus efectos resulten evidentes de forma indiscutible.
El umbral necesario para desencadenar ese vuelco también se está desplazando, y para que ocurra en un futuro cercano haría falta un impacto extraordinario. Todos procuran evitar llegar a ese punto, lo que reduce su probabilidad, pero al mismo tiempo debilita el conjunto del sistema. Es previsible que el paso del tiempo vaya abriendo grietas y restando resistencia, dejándolo más expuesto a sacudidas incluso ante impactos menos graves.
Lo positivo es que es no hay nada ahora que invite a pensar en ello. Lo preocupante es la facilidad con la que la economía puede generarlos a diario y el hecho de que puedan surgir desde cualquier lugar.