Silvia Abril buscó un minuto para decir una estupidez, se erigió en prescriptora del bien y del mal y lamentó que hubiera jóvenes creyentes a los que descalificó como si fuesen unos delincuentes por tener fé.
La mujer de Andreu Buenafuente podía haber hecho un llamamiento similar a los jóvenes musulmanes que viven en España y creen en Alá, pero ella prefirió ir a lo fácil como los cobardes que nunca arriesgan y temen que les caiga una réplica humillante.
La graciosa sin gracia y la valiente sin arrojo puede decir lo que quiera y meterse en la vida y conducta de terceros, a la espera de que alguien le dé una réplica, pero no puede evitar que la definan como una ignorante que odia todo lo que desconoce.
Entro en esta polémica solo porque me repugnan los totalitarios y los ignorantes que no han leído un libro de historia y se dedican a dar lecciones a una juventud que vive su pensamiento en libertad.