Así está España entre la depresión y el escepticismo
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Así está España entre la depresión y el escepticismo

Por Rafael Gómez Parra
jueves 17 de junio de 2021, 07:46h

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No existe mañana sin susto político y sin ausencia de medidas que eleven la moral de los españoles. Más bien lo contrario. Se mantienen y agudizan los problemas con Marruecos, los dineros europeos tardarán en llegar, la energía sube sin parar, los contratos exteriores se anulan o desaparecen y los impuestos se convierten en lanzadas para la mayoría de los españoles.¡
Desde hace 13 años los españoles vivimos pendientes de lo que "digan" los mercados, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, la Comisión Europea, Fitch, Moody's, Standard and Poors, las agencias de rating o de valoración, las Bolsas, y todo aquel gurú que se precie de vaticinar lo que va a ocurrir en el futuro inmediato. Depresión colectiva por la falta de medidas que ayuden a combatir el paro, que ayuden a las pensiones, que aseguren una Sanidad digna para todos, que se preocupe por la educación de calidad, que controle la más que injusta diferencia entre los que mandan y los que obedecen en el mundo empresarial y financiero.

Faltan los astrólogos y videntes que, curiosamente, ya no hablan del fin del mundo justo cuando el mundo que conocemos y en el que llevamos viviendo desde el fin de la II Guerra Mundial y la posterior caída del Muro de Berlín, está desapareciendo. Nunca antes tantos españoles habían aprendido tanto de economía financiera como en estos años: en las tertulias de bar y café se habla mucho menos de fútbol y mucho más de prima de riesgo, intereses de la deuda, hipotecas, rescates financieros y recortes sociales.

Nuestro mundo de hace apenas 40 años, el que creíamos estar construyendo desde la muerte de Franco y la llegada de la democracia parlamentaria, se está derrumbando bajo nuestros pies y la angustia y el miedo se están uniendo peligrosamente a la cólera y la falta de confianza en nuestros dirigentes. En todos nuestros dirigentes, desde los políticos a los económicos y sociales.

España vive sobresaltada y ninguno de los mensajes que reciben los ciudadanos desde las esferas del poder le parece creíble. Los datos de los últimos estudios demoscópicos, tanto electorales como acerca de los problemas que más preocupan a los españoles, deberían llevar a los dirigentes a una profunda reflexión y a un cambio radical en sus comportamientos, pero no es así. Más bien, todo lo contrario, como si estuviesen atrapados en sus propias telas de araña y sin saber como salir de ellas.
Si el presidente Sánchez y todo su Gobierno suspenden en valoración social, al líder del principal partido de la oposición y a su grupo les ocurre exactamente lo mismo. La desconfianza es tan abrumadora que asusta, mucho más allá de los cambios de liderazgo en la izquierda, las manifestaciones anti indultos o la peligrosa iniciativa de “meter” al Rey en medio de un debate político de puro desgaste entre izquierdas y derechas.

En ese contexto los meses que tenemos por delante no pueden estar cargados de peores augurios: ya no se habla de una recuperación en este 2021 y ni siquiera de forma plena en 2022, ahora se especula en que al vez pueda llegar en el 2023, y desde luego no antes del segundo semestre del 2022, durante el cual los primeros 70.000 millones de ayudas europeas deberían haber llegado a nuestro país.

Una recuperación lenta, muy lenta, incluso con los crecimientos del 6 por ciento que se aseguran, superior a ese dos por ciento del PIB, que es la cifra a partir de la cual se crea empleo. La recuperación va a ser muy distinta dependiendo de los sectores y sobre todo del fin real de la pandemia y la apertura total de los mercados.
Mientras tanto, los desempleados - muchos de ellos con la mínima renta de supervivencia de los 400 euros mensuales - reales están en el 30 por ciento de la población activa, con lo que esa cifra representa de cargas en la Seguridad Social, en menos consumo, en menor actividad industrial y económica, en menos ingresos para el estado y en mayores gastos, dentro de una espiral que conduciría a nuestro país a un declive de nuestra posición internacional como nación. Y como colofón de este último apartado, a mayor tensión en nuestras estructuras territoriales y constitucionales, con un claro aumento de las reivindicaciones nacionalistas e independentistas.

Mientras el Gobierno y su presidente deciden si aprueban o no la reforma laboral y el Ingreso Mínimo Vital, junto a los recortes que exige la Unión Europea en el gato social, con presencia política en nuestras principales empresas y bancos a través de la penúltima reforma del sistema financiero y las fusiones, absorciones y compras que están por venir; mientras eso ocurre, los datos de las instituciones que tienen que aprobar y tutelar cada uno de nuestros pasos siguen "empeñados" en llevar la contraria a la continua y descafeinada euforia de nuestras autoridades económicas.

Vamos mal y a corto plazo iremos peor, para luego, de forma un tanto misteriosa y alambicada empezar a salir del agujero. Nos dicen que de todas las crisis se sale, pero se olvidan de algo fundamental: también se puede vivir y por mucho, mucho tiempo dentro de la crisis, tanto económica como política.

El calendario electoral, por ejemplo, no ayuda mucho: ya hemos tenido elecciones en Madrid y podemos tenerlas en el País Vasco, en Andalucía y en la Comunidad Valenciana de forma adelantada. Repetir en Cataluña dentro de un año sería otro desastre, para terminar con una cita con las urnas a nivel general ante de diciembre de 2023, que es cuando termina la actual Legislatura. Todo ello con cambios en los equipos gestores de los gobiernos.

En los territorios en los que existen fuerzas nacionalistas en el Gobierno como son Cataluña y Euskadi comprobamos que reclaman más independencia frente al poder del estado. Un "detalle" que ya se ha sumado a los de la propia crisis económica a la hora de hacer el retrato de esta nuestra España por parte de todo aquel que nos mira desde más allá de las fronteras. Y siempre para mal, los 30 segundos de pasillo presidencial en la cumbre de la OTAN en Bruselas protagonizados por un Biden ausente y un Sánchez empeñado en lograr esa foto no hacen más que confirmar que el peso de España en el ámbito internacional es menguante, algo que lleva sucediendo desde el ya lejano 2004.
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