Rato, el dios de barro que regresa entre rosas y gaviotas
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Rato, el dios de barro que regresa entre rosas y gaviotas

lunes 22 de febrero de 2021, 21:44h

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Con la libertad condicional en el bolsillo y más de dos años en la cárcel de Soto del Real, la vida de Rodrigo Rato, uno de los grandes dioses de baro de nuestra democracia, entra en una nueva fase, alejada de los halagos que recibía cuando era todopoderoso ministro del gobierno de Aznar y, más tarde, cuando dirigía el Fondo Monetario Internacional.

Su historia es la de un hombre que soñó con sentarse en el sillón de La Moncloa, que cambió la historia económica de España, que ayudó y mucho a que algunos de sus amigos, y hasta de sus adversarios, conociese las mieles de la diosa Fortuna. Y al que casi todoss abandonaron hasta verle condenado por la Justicia y enviado a la prisión.

Más de un demiurgo del poder quiso ver en la detención de Rodrigo Rato y la posterior lluvia de informaciones sobre su supuesta fortuna un paralelismo político con la caída de Mariano Rubio durante el último gobierno de Felipe González. El que fuera gobernador del Banco de España y el que fuera vicepresidente del gobierno con José María Aznar puede que hayan sido víctimas políticas de una coyuntura social con la que no contaban, pero si dejamos a un lado la soberbia de la que hicieron gala durante sus mandatos, nada les unía, ni en nada se parecían.

Si a finales de 1989 este cronista empezaba a escribir " El Clan" con los privilegiados testimonios de Miguel Boyer sobre la ascensión al poder de los dirigentes políticos y empresariales que formaban la llamada "beautiful people", un grupo de intereses ideológicos y económicos que terminaron por romper la inestable relación que mantenían Gonzalez y Alfonso Guerra, dos años más tarde relataba en " Dioses de barro" la caída social de sus principales dirigentes, con Mariano Rubio y Manuel de la Concha a la cabeza.

El resumen político de los dos relatos que me editó Ymelda Navajo para el grupo Planeta fue el comienzo del fin del poder socialista, la lenta pero constante pérdida de votos desde los 202 escaños de 1982 a los 141 de 1996, con Mariano Rubio pasando del despacho del Banco de España a la cárcel de Alcalá Meco; la huida y captura del ex director de la Guardia Civil, y ya con el PP en el poder, la entrada en la prisión de Guadalajara del que había sido ministro de Interior, José Barrionuevo, condenado a 10 años por el secuestro por los GAL de Segundo Marey. El segundo ex ministro en correr esa suerte sería el ex presidente de Baleares y dirigente del PP, Jaume Matas, seis años más tarde y no por temas de lucha contra el terrorismo sin respetar los mecanismos del estado de derecho sino por temas de dinero y lucro personal.

Si Gonzalez quiso ejemplarizar con Mariano Rubio la lucha contra la corrupción sin mirar nombres, ni apellidos, ni historia personal; no creo que Mariano Rajoy cometiese el mismo error. El presidente socialista nunca se recuperó del escándalo y perdió dos años más tarde las eleccciones frente a José María Aznar dejando un PSOE maltrecho y sin rumbo.
Un partido roto y sin liderazgo que acabaría obteniendo los peores resultados de su historia en 2011 y permitiendo que el PP , esta vez con con Mariano Rajoy de candidato, consiguiera su segunda mayoría absoluta y el mayor poder territorial para un partido en la breve historia de nuestra democracia.

Todo eso es historia. El panorama político ya no es bipartidista. Nuevas formaciones han alterado los inestables equilivrios de entonces, siempre a caballo de los partidos nacionalistas, sobre todo catalanes. Hoy, los dirigentes, militantes y votantes que se acogen a los dos símbolos de los dos grandes partidos, la rosa y la gaviota, ven como sus propios ídolos de barro caen de sus pedestales y son arrastrados por las páginas de los periódicos, las imágenes de televisión y los mensajes y comentarios de las redes sociales. Las verdades y las mentiras se funden y cada vez es más difícil separarlas. Lo que queda es la destrucción de las estructuras políticas que salieron de los acuerdos políticos de la Transición.

Así como recuerdo mi primera visita y entrevista con el general Armada en la prisión militar de Alcalá- Meco gracias a los buenos oficios del abogado Ramón Hermosilla, que me permitió mantener con el general una buena relación durante años y ya fuera del recinto penitenciario, con sus secretos sobre el 23-F y su fidelidad monárquica a prueba de bombas; también recuerdo la invitación que me hizo el director de la cárcel civil de la misma localidad madrileña para que nos tomáramos un café en su despacho. Era una forma de evitarme los papeleos para ver los " escenarios" por los que habían transitado Mariano Rubio y Manuel de la Concha, en un módulo con patio de recreo aparte, y por el que habían caminado Mario Conde, Arturo Romani y Julian Sancristobal contándose sus respectivos secretos. Estaba escribiendo " La Cacería" y las peripecias penitenciarias de los detenidos por el escándalo de Banesto, que me contó Jesús, aportaron unas buenas dosis del carácter del que había sido presidente de la entidad financiera y modelo de éxito social en la España de finales del siglo pasado.

Rubio y De la Concha fallecieron con dos años de diferencia, alejados de la sociedad que les había encumbrado. Amargados por lo que consideraban un trato injusto por parte de amigos y adversarios. Su mundo se hundió y les arrastró entre sus escombros. Conde y los que el consideraba su guardia pretoriana en la ascensión al Olimpo de las finanzas y la política corrieron una suerte parecida: alejados de los oropeles, refugiados en sus familias, con nuevos amigos y relaciones que suplieron los abandonos de los que les acompañaron en los años del fulgor y las rosas, vieron en los que han sobrevivido un retrato de las cacerías del poder, que se mantienen y resultan peores y más salvajes que las que se se dan entre los miembros de la misma tribu.

Nuevos dioses sustituyeron en los primeros compases del siglo XXI a los viejos. Llegaron nuevos dirigentes políticos al poder, desaparecieron bancos, se fusionaron empresas y las caídas de los ídolos se repiten. Rodrigo Rato no era Mariano Rubio pero los dos creyeron estar por encima del bien y del mal y protegidos por los suyos gracias a lo que " habían hecho" por el país. Se equivocaron y no una única vez.

Si miramos los enfrentamientos dentro del propio gobierno, la crisis dentro de la derecha española, parece que estamos volviendo a los orígenes, a los años 70, al inicio de una nueva Transición que se resiste más de lo que hizo la primera.

El franquismo se disolvió sin alharacas, roto desde dentro. Hoy estamos viviendo fenómenos parecidos, con transformaciones profundas en sectores industriales y financieros, con cambios en las relaciones laborales, con amenazas de futuro sobre las pensiones, la asistencia social, la sanidad universal y gratuita... Entonces, hace 40 años y con un Rey joven que tenía que ganarse el cargo en democracia, la clase política aceptó su inmolación, su transformación y el nuevo escenario de unas elecciones. Ahora se resiste a los cambios que debe hacer y eso la mantendrá enfrentada con una sociedad cada vez más decepcionada con sus usos y costumbres.

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