Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Las taifas españolas que alimentan Sánchez e Iglesias

jueves 12 de noviembre de 2020, 02:00h

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El presidente del Gobierno y su socio están siguiendo punto por punto la ruta que iniciaron sus antecesores para convertir la España centralista que termina en 1977, con las primeras elecciones, en la España federalista del siglo XXI que cada día se parece más a las taifas que existieron durante quinientos años. Se limita a alimentarlas.

Durante la presencia musulmana en España, y en los tres periodos en los que se desarrollaron bajo los gobiernos de hasta siete clanes y familias, existieron hasta 35 taifas que lucharon entre ellas, pactaron entre ellas y hasta buscaron la ayuda de ejércitos cristianos como el que comandaba El Cid. Los motivos de los enfrentamientos fueron los mismos que hoy llevan a nuestras 17 Autonomías a buscar su diferenciación. Había diferencias importantes en sus riquezas, en sus impuestos, en su forma de articular los gobiernos y hasta en la lengua considerada común.

Pedro Sánchez da nuevos pasos, acompañado de Pablo Iglesias, en la misma dirección que lo hicieron desde Felipe González a Mariano Rajoy. Santificados los territorios que son hoy las autonomías, las taifas emergen a través de las diferencias en la fiscalidad, en las inversiones, en la sanidad, en la educación, en todo aquello que sirve a la vida de los ciudadanos.
Le llega la hora a la lengua, al idioma común, con el pacto que negocian el gobierno de Sánchez y la ERC de Junqueras a través de su portavoz parlamentario, Gabriel Rufián. Es un paso más encaminado al mismo proceso de descomposición que sufrió el Califato de Córdoba en los inicios del siglo XI y que terminaría con la conquista de Granada por los Reyes Católicos. Un paso que tampoco es nuevo. Recordar la declaración de José María Aznar en 1996: “ hablo catalán en la intimidad”, para conseguir los votos de la entonces CiU en su debate de investidura tras dos duros meses de negociación y la necesaria intervención del Rey Juan Carlos.

Mucho más cerca de aquellas fechas, el gobierno de Mariano Rajoy no lo dijo con palabras, pero lo proclamó alto y claro con hechos, que es lo que importa. El presidente y sus ministros se dieron cuenta de que el estado les parecía insostenible tras la crisis financiera del 2008 y que la mejor forma de que no se repitiera en el futuro era cambiar por completo el estado, convertirlo en un estado en porciones, como el queso. Así, habría crisis en alguna de ellas o en varias pero no en todas.

¿ Cual era el mejor de los caminos para lograrlo?. Pues fácil, privatizarlo, desmontarlo, hacer que fuesen otros, las empresas y organismos privados, los que se encargasen de su funcionamiento. Primero empezamos por la educación y la sanidad, luego siguieron con las cárceles, mientras tanto ya se habían privatizado los trenes, las líneas aéreas, las compañías electricas y de telefonía, y por supuesto los registros públicos, sin que se escaparan los notarios en lo que conservaban de estamento público desde hace siglos.

Así podríamos seguir haste el infinito. Lo que no lograron los anarquistas seguidores de Bakunin lo van a conseguir los liberales seguidores de Friedman y Popper y sin revolución ni asaltos a Palacios de Invierno. Liberales con traje de socialistas y hasta de comunistas. Sorpresas que te da la vida y la historia: si quieres acabar con el estado conviértete al capitalismo. Sánchez,Iglesias, Garzón y sus equipos están convencidos de que es el camino más rápido.

Ahora que los ciudadanos hemos aceptado que lo que se elige en las urnas no es lo que luego se pone en práctica desde los gobiernos, que ya hemos aceptado que lo de la soberanía popular suena bien, pero que se queda en eso, en un sonido que viene desde los fondos de armario de la historia, y que la democracia parlamentaria será el mejor de los sistemas conocidos pero hace agua por todas partes, y las recientes elecciones americanas y las pugna que sigue abierta entre Joe Biden y Donald Trump son el mejor de los ejemplos.

+Le pasa a la democracia occidental como le pasó al Titanic, que choca continuamente con el iceberg de la avaricia de unos pocos, esos que se movían superando todos los sin controles ( y que lo siguen haciendo como se demostró hace unos años en Chipre y en Islandia, con sus sistemas de lavado de dinero del que no se preguntaba su origen), y que están condenando a la mayoría a regresar a una pobreza que creían superada, y a una pérdida de derechos que van a obligar a sus hijos y nietos a mirar hacia atrás con iguales dosis de ira y de nostalgia.

Claro que sí miramos hacia el exterior de nuestro país e incluso de Europa aún podemos, o mejor dicho aún pueden ir más lejos los que nos gobiernan: antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca desde el mundo empresarial, hace siete años el que era el gobernador del estado norteamericano de Michigan, Rick Snyderf, suspendía al gobierno municipal de la antigua y próspera capital del automóvil, Detroit, al frente del cual estaba el alcalde Dave King, y colocaba al frente de la ciudad con todos los poderes imaginables y alguno más a un abogado experto en bancarrotas llamado Kevyn Orr, que acababa de hacerle un nuevo traje a medida a la antaño poderosa Chrysler.

¿Las razones para esa medida tan contundente? . Si se enumeran son las mismas que aparecieron en las elecciones de 2016 tanto en Estados Unidos como en Europa y suenan muy parecidas a las de esta España nuestra y a esta Europa de Angela Merkel: un déficit galopante desde hace diez años, una falta de fondos para las pensiones y para el sistema de sanidad, una tasa de desempleo que puede llegar ahora al 30 por ciento, si se examina a fondo lo que entrañan de verdad los trabajadores autónomos.
La legislación de ese Estado norteamericano permitió a su gobernador tomar esas medidas como de último recurso con las que se dice adiós a la democracia de las urnas y la voluntad de los ciudadanos a elegir libremente, y se impone la tiranía - déjenme decirlo así - de unos pocos. Estoy seguro de que la crisis de Detroit se gestó durante muchos años en los que el sistema podía haber puesto en marcha otros planes que impidieran la catástrofe, pero a lo mejor o a lo peor esos planes hubieran cambiado las reglas del juego. Esas reglas que tras la crisis financiera de 2008, que llevó al mundo al punto de desesperanza en el que se encuentra, por más culpas que se le atribuyan una y otra vez a la pandemia sanitaria, no han cambiado y permiten que los pirómanos que incendiaron la economía mundial se hayan convertido en los bomberos de ellos mismos.

Menos mal que nuestro experto en pandemias y contagios mundiales, Fernando Simón, afirmando en el mes de marzo que el virus que había salido de Chino no llegaría a españa y que si lo hacia no pasaría de dos o tres casos, tampoco descubre nada y sigue los pasos del titular de de Economía con Mariano Rajoy a propósito de la crisis financiera que sufrió Chipre, afirmando con contundencia que no podía afectar a España al ser dos países muy diferentes en todo. Hasta se ha atrevió a ir a la cumbre de Bruselas para decir a sus colegas que sí no se resolvían el problema de los chipriotas la probabilidad de un contagio que afectara a las economías más débiles, como la griega, la irlandesa, la portuguesa, la española o la italiana era muy grande.

Luis de Guindos, que de él se trata, tuvo su premio con la vicepresidencia del Banco Central Europeo tras resolver la crisis bancaria española, la misma que “ no le costaría ni un duro a los ciudadanos” con perdidas para esos mismos ciudadanos que superarán los cien mil millones de euros. Habrá que esperar. Para ver los premios que consigan Simón y el ministro Illa, pero será acorde a los méritos que han demostrado.

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