El rey Felipe VI y su padre Juan Carlos I.
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El rey Felipe VI y su padre Juan Carlos I.

El delicado y difícil compromiso que debe cumplir el Rey

martes 28 de julio de 2020, 19:35h

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Todos los años, en los doce minutos de la tarde - noches del 24 de diciembre, el Rey, se llame Juan Carlos o Felipe se compromete con España en tres cuestiones delicadas y fáciles de comprobar a lo largo del año siguiente: compromiso con las necesarias reformas que necesita nuestra Carta común con la democracia, sin rupturas pero si con generosidad y acuerdos entre todos los responsables políticos, económicos y sociales; compromiso con las exigencias de rectitud y transparencia que deben presidir la vida pública en sus instituciones y en sus protagonistas; y compromiso consigo mismo para permanecer en su puesto para ayudar en la búsqueda de una salida de las crisis que que padece España.

Don Juan Carlos era consciente de que su discurso de Navidad iba a ser seguido e interpretado por los que le apoyaban, por los que deseaban su retirada y en general por una sociedad española que desconfíaba y con razón de todas las instituciones que la gobiernan, y de casi todas las personas que las encarnan. Del Rey abajo, los políticos, los financieros, los empresarios, los sindicatos, los jueces,y por supuesto los medios de comunicación y los periodistas.
Su hijo y en otras circunstancias aún peores, entre la pandemia sanitaria y la pandemia de escándalos que sacuden a la Monarquía, no se salva del exigente juicio de los ciudadanos de a pie, por mucho que lo intenta, saliendo del alejado palacio de La Zazuela y “pateandose” las 17 Comunidades que conforman nuestro entramado político. Esos mismos ciudadanos que llevan años soportando lo peor de las diferentes crisis y que se encuentran con que cambian todas las reglas, desde las laborales a las sanitarias o las energéticas, menos las que afectan al poder institucional y político. Esas siguen igual pese a que es mayoritario el deseo de que sean ellas y ellos los primeros en dar ejemplo.
El Rey Juan Carlos, en uno de sus últimos discursos navideños, no habló para nada de la abdicación a la que se vería obligado unos meses más tarde. Recordó su trayectoria desde que accedió al trono, sólo mencionó a su hijo, el entonces Príncipe, a lo largo de su televisada intervención, pero habló de su hija Cristina y de su yerno Urdangarin, sin mencionarlos, al insistir en que sabía y era consciente de que les tocaba a él y a su familia, como emblemas y símbolos de la Monarquía histórica y de futuro, dar ejemplo y asumir ante los ojos de los ciudadanos las responsabilidades buenas y malas de sus actos. Todo aquello se ha vuelto en su contra, cada palabra, cada gesto, cada compromiso de rectitud y transparencia económica.
A Juan Carlos y Felipe les unen sus palabras en la necesidad de que los líderes de todos los colores se sienten a hablar y a buscar acuerdos por el bien de España. Les animan a hacerlo al mismo tiempo que hoy, Felipe VI, insiste en que está dispuesto a ejercer su función de garante del sistema y de punto de encuentro de los distintos estamentos de la sociedad. Poco más. Dos formas de entender su papel de Jefe del Estado y las normas y usos que deben regir su acción pública y privada.
Si en sus viajes y sus intervenciones de fin de año la permanente crisis económica que arrastramos desde 2008 es una pieza esencial; también lo es Cataluña. Siempre aparece entre sus palabras, al igual que la crítica más o menos velada a esos dirigentes nacionalistas que reclaman para sí y para sus propuestas la voluntad popular, como si fueran ellos los depositarios de la misma cuando son capaces de incumplir y hasta traicionar cada una de las propuestas que hacen durante las campañas electorales.
Van a hacer falta muchos hechos y no todos desde la Casa Real y sus integrantes para que la Monarquía recupere la imagen que tenía hace unos años. Y esa imagen y esa recuperación van a estar íntimamente ligadas a las acciones del gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias; también a las posiciones que adopten tanto Pablo Casado como Santiago Abascal e Inés Arrimadas, si es que la Monarquía que encarna Felipe VI logra superar ese aparente deseo de autodestrucción en el que ha estado desde que Juan Carlos I olvidara que estaba al servicio del pueblo y no de su propio bolsillo.

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