Todo el mundo creía que el fenómeno Vox, como le pasó al fenómeno Ciudadanos o a Podemos, iba a ser como las estrellas fugaces, que llenan el cielo nocturno pero que a la mañana siguiente ya nadie se acordará de ellas. La diferencia con Ciudadanos y Podemos, se llama Donald Trump que decidió en su día que su hombre en España no iba a ser Feijóo sino Abascal y eso se va a notar en los tres años que le quedan al presidente norteamericano.
No es lo mismo ser ultraderechista que ser trampista y a eso se ha agarrado Abascal para no ser víctima de un presidente imperialista que solo acepta el apoyo incondicional a todo lo que hace. Eso es lo que ha permitido a Giorgia Meloni fortalecerse al frente de Italia y lo que está a punto de hacer caer a Marie Le Pen en Francia.
Abascal y Meloni han apostado por Trump, mientras que el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, parece más cercano a Putin, lo que de alguna manera también le sitúa en la órbita de Trump. Si el presidente norteamericano logra cargarse la Unión Europea, bien porque la ponga a sus órdenes o porque se divida en trozos –cosa nada imposible después de la marcha del Reino Unido- puede poner al frente de muchos países a los que le hayan acompañado en su viaje.
No es un proceso que vaya a ocurrir de hoy para mañana, pero a Abascal le interesa más lograr y mantener un resultado electoral superior a los 60 diputados que desgastarse entrando a gobernar con el PP y esperar a una victoria de Trump frente a Europa. En contra tiene lo de siempre, que los miembros de su partido tienen prisa por “tocar” gobierno y repartirse los jugosos sillones de ministros o de directores generales a cien mil euros al año.