¿Pueden los más ricos ser buenas personas?

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¿Son los muy ricos buenas personas? Episodios de tráfico de influencias muestran la enorme dificultad que supone contestar a esta pregunta.

Hace poco leí un artículo de Playground que hablaba sobre el libro del periodista mexicano Diego Enrique Osorno titulado “SLIM. ¿Puede uno de los hombres más ricos del mundo ser buena persona?”

El exgobernador del Estado mexicano de Guerrero, Ángel Aguirre, invitó en 2011 a un elenco de estrellas para celebrar el Festival Internacional de Cine de Acapulco. Entre ellas estuvo Sophia Loren, la obsesión particular de Carlos Slim, quien cada año se disputa con Warren Buffet, Bill Gates y Amancio Ortega el puesto de hombre más rico del mundo.

En aquella cena, Ángel Aguirre se aseguró de que Loren se sentase al lado de Slim. Desde aquel momento surgió una intensa amistad. El gesto de Aguirre con Slim en aquella cena provocó que, años después, cuando el exgobernador se situó en el centro de la polémica por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, recibiera el apoyo del magnate.

Playground plantea: ¿Es Carlos Slim buena persona? Episodios como este muestran la enorme contradicción que supone contestar a esta pregunta: sí lo es con sus amigos, ¿pero lo es hacia la sociedad?

“En el mundo competitivo en el que estamos, existe el lugar común de que alguien que amase una gran fortuna tiene que ser capaz de todo”, apunta Osorno. Playground dice que para empezar nadie se hace rico si no es con el trabajo de los demás. Por ello, la sombra de la sospecha también se extiende sobre Slim.

Sin embargo, a lo largo de la trayectoria del magnate jamás ha aflorado una sola denuncia por actividades ilícitas, explotación de los trabajadores o evasión fiscal. Todo lo que ha hecho Slim es perfectamente legal. Ahora bien, ¿es justo todo lo legal? Osorno dice: “El sistema en México funciona por el influentismo y la corrupción, por la captura política por parte de los empresarios. Slim hizo buena parte de su fortuna gracias a que recibió un monopolio durante 18 años. Millones de consumidores fuimos rehenes porque si queríamos hacer una llamada sólo podíamos hacerla con él”.

“La envidia es una declaración de inferioridad”, decía Napoleón Bonaparte. Análogamente, el recién fallecido Juan Gabriel solía decir que “la envidia es la más grande manifestación de admiración”. ¿Por qué la gente es tan envidiosa? ¿Ser rico es ser malo? Por ejemplo: Bill Gates (Microsoft), Warren Buffett (inversor bursátil) y Mark Zuckerberg (Facebook) han manifestado que están a favor del impuesto de sucesiones con objeto de reequilibrar la igualdad de oportunidades intergeneracionalmente, y además se han comprometido a donar la mayor parte de sus fortunas. A eso añadamos la cantidad de puestos de trabajo que generan. Habrá quienes digan que Gates y Zuckerberg se hicieron ricos copiando las ideas de otros. ¿Y qué? Estoy convencido de que estos tres empresarios en concreto son mejores personas que muchísima gente con menos recursos. Es más, los que se recuperan de haber caído muy duro, en la mayoría de las ocasiones son personas extraordinarias. Como decía Elizabeth Kübler-Ross: “Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquéllas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que les llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada”.

Otros dirán que la existencia de ricos va en contra de la igualdad y que hay que desincentivarlo. Esto hay que matizarlo. Como expliqué en mi artículo “Desigualdad: ¿existe una tasa óptima?“, es lógico pensar que una enorme desigualdad merme el crecimiento de una nación, porque los más extremadamente ricos a partir de un umbral (aunque sea muy elevado) ya no invierten en tejido productivo ni consumen, sino que ahorran los excesos.

El extremo contrario también es negativo para el crecimiento, prueba de ello son los resultados de las economías planificadas. Nadie crearía empresas, sólo el Estado, y los resultados están a la vista. Los altos niveles de redistribución y tributación asociados, afectan el crecimiento al desincentivar a los agentes económicos de realizar actividades productivas, limitar la acumulación de capital productivo, restringir la inversión debido a los altos niveles de tributación y evitar que las personas se apropien de las ganancias de sus actividades productivas.

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