Fernando Jáuregui

Pero ¿qué es exactamente el 'cambio' político de Sánchez?

Lunes 05 de septiembre de 2016

Con exasperante falta de concreción, Pedro Sánchez sigue hablando del Gobierno 'del cambio', que no puede ser sino el suyo con Podemos y algunos partidos de aquellos a los que en el comité federal del PSOE, para lo que sirva, han puesto 'líneas rojas'. Y lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Muchas cosas van a ocurrir en este septiembre, comenzando por la Diada del próximo domingo y todo lo que, a continuación, ha de pasar en Cataluña, cuya crisis política de enormes proporciones solo queda oscurecida por la que vive eso que los independentistas barceloneses llaman 'el Estado español'. Una crisis que, claro está, da alas a quienes hacen ostentación de que España ya no les sirve.

No entiendo por qué el concepto de gran nación que sigue siendo España, pese a sus representantes, no prima en los debates y en las decisiones de los políticos por encima de conceptos ideológicos, partidistas y ambiciones personales. El desgaste deMariano Rajoy, por no haber sabido ni querido propiciar su sucesión al frente de PP, es, sin duda, grande. Pero mucho menor que el de un Pedro Sánchez que, en mi opinión, está llegando al final de su camino político, pavimentado en sus constantes y cada vez menos aceptables 'noes' a todo. Periódicos y comentaristas influyentes dicen que ambos, los dos principales contendientes incapaces siquiera ya de dialogar, tiene que dejar urgentemente paso a otros que sean capaces de llegar a un entendimiento. Ya sabemos que ni uno ni otro tienen la menor intención de hacerlo, pero ahí queda el clamor.

Mi tesis no es exactamente esa: quienes tienen que reaccionar no son dos personas, sino dos partidos. Cuyas ejecutivas son más de aplaudir que de criticar, más de hablar en voz baja que de decir las cosas en claro ante los micrófonos, que representan, al fin y al cabo, mejor o peor, a la opinión pública. Quizá aún haya que salvar al general Rajoy y al soldado Sánchez, pero tiene que ser sobre la base de que el uno no pueda darnos la sorpresita, inmediatamente después de la sesión de investidura, de nombrar al amigo polémico, y tan polémico, para un alto cargo internacional, y el otro no pueda negarse a hacer funcionar los órganos decisivos de su partido, concretamente ese comité federal que ha sido más cámara de aplausos que órgano de crítica, debate y votaciones. Y alguien, en esas ejecutivas, debería recordar a los jefes que llevan conculcando los estatutos de ambos paridos retrasando de manera inaceptable la celebración de los respectivos congresos nacionales, que bien pudieran convocarse ya mismo y ser los de la/s sustitución/es.

Pero, claro, la política nacional está tan pervertida que nadie se atreve siquiera a levantar la voz para hacer petición tan razonable: que se celebren ya los congresos, que llevan muchos meses de retraso, y dejen de escudarse en que el momento no es bueno. Ahora llenarán su tiempo recorriendo enloquecidos localidades varias del País Vasco y Galicia, que menuda castaña se van a llevar ambas formaciones 'clásicas' en ambas elecciones autonómicas. Puede que la catástrofe del domingo 25 de septiembre noche les lleve a reflexionar acerca de lo que están haciendo con este país, y conste que no pongo a Rajoy y a Sánchez en el mismo plano: lo del líder socialista -y su entorno-- bordea ya lo totalmente incomprensible, mientras que Rajoy puede seguir aduciendo que, al fin y al cabo y aunque de manera insuficiente, él ha ganado las elecciones de diciembre y junio.

Esperar hasta el próximo día 25 para empezar a reaccionar es, claro, una locura más de las muchas que se han cometido. Como si sobrara tiempo. Como si en el G-20 no hubiesen estado todos los ojos puestos en España, ese país donde ocurren cosas tan graciosas. Pero los nervios están cundiendo, especialmente en un PSOE que sabe que algo ha de hacer, además de pedir que se marche Rajoy y de telefonear a Pablo Iglesias y a Albert Rivera, a ver si se entienden para formar él, Sánchez, ese Gobierno 'de cambio'. Tarea inútil, como se sabe desde el pasado 21 de diciembre, aunque los socialistas no hayan querido entenderlo jamás: ni Pablo Iglesias quiere a Rivera, ni viceversa. Son dos modelos de país, de sociedad, de vida, muy distintos, y con eso no se puede formar un Gobierno, y menos en torno a alguien con tanta ausencia de liderazgo como, cuánto siento decirlo, el señor Sánchez.

Nos lo están poniendo imposible. Pero hay soluciones, vaya si las hay, para evitar las terceras elecciones. No sé qué papel le va a corresponder al jefe del Estado -en estado de excesiva prudencia, a mi juicio-, a la sociedad civil -demasiado débil-, al llamado Ibex -que no sé cuánto está actuando desde la sombra, la verdad-, a las instancias europeas -que ya hacen algo más que carraspear-, a usted, a mí -a los que solamente nos piden el voto y que paguemos impuestos, pero no nuestra opinión-. No sé qué podríamos hacer entre todos, pero la cosa exige asegurar, como hacían hace dos semanas y ahora ya no hacen, que no habrá esas terceras elecciones y que, en cambio, habrá Cambio, valga la redundancia y la complementariedad entre mayúsculas y minúsculas. Así, simplemente no podemos seguir en este otoño políticamente muy caliente que se nos echa encima.


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