El presidente del Partido Popular obliga a la presidenta en funciones de Extremadura a que acepte las exigencias de Vox para lograr mantenerse en su puesto. Cuatro meses ha tardado María Guardiola en aceptar todo lo que había criticado en Oscar Fernández Calle, sobre todo en los temas de inmigración y feminismo. El sillón de la presidencia tenía un precio, que aún sería mayor si en Hungría el ganador de las elecciones fuese Viktor Orban, que ha supuesto un golpe para la derecha más dura, tanto en Europa como en el resto del mundo.
El modelo que se ha aprobado en Extremadura por parte del PP y de Vox se extenderá, casi con toda seguridad, a Aragón, Castilla y León e incluso en Andalucía, al margen de si Moreno Bonilla logra la mayoría absoluta el 17 de mayo o tiene que pedir la ayuda de Manuel Gavira para sumar esos escaños en el Parlamento andaluz. Sobre esas bases negociarán en el resto de las Comunidades Autonómicas dentro de un año, incluida la ambicionada Comunidad madrileña; y en la cita más importante de todas, la del Gobierno central. Núñez Feijóo ya ha asumido que Santiago Abascal será su vicepresidente salvo que logre en las urnas más de 176 escaños en el Congreso, algo que aparece como muy lejano.
Las dos derechas estaban condenadas a entenderse y buscar acuerdos de gobierno frente al PSOE y el resto de la izquierda. Las aparentes barreras programáticas han desaparecido y sin ellas los acuerdos se irán cerrando sin mayores problemas. Los insultos y descalificaciones entre dirigentes del PP y de Vox han pasado a la historia. El poder exige sacrificios “orales” por ambas partes, mucho más que por las posibles diferencias en el ejercicio del poder, que desaparecerán como lo hicieron en el pasado más inmediato, tanto en Extremadura como en Aragón o Castilla y León. Ante las urnas se establecen diferencias para buscar los votos, pero una vez que se cierran llega la hora de la negociación.
Esa unión real entre PP y Vox le va a servir a Feijóo para asegurarse los escaños que cree va a necesitar tras los comicios generales para desalojar del poder a Pedro Sánchez; a Abascal para superar su ambición frustrada de conseguir lo que hizo Orban en Hungria, Meloni en Italia, Milei en Argentina y, sobre todo, Trump en Estados Unidos. Es la mejor representación que podían hacer en Europa tras la cumbre que organizó el presidente norteamericano en su feudo de Miami.
Justo lo contrario de lo que este fin de semana están haciendo Sánchez y Lula da Silva en Barcelona con la cumbre progresista, el nuevo camino que quiere seguir la Internacional Socialista para enfrentarse a la corriente global del conservadurismo, con especial interés en la América hispana y los países africanos situados por debajo del ecuador geográfico.
España corre el peligro de una bipolarización extrema, con enfrentamientos en las calles y con toda seguridad en los distintos foros políticos, desde los que reflejan las instituciones parlamentarias pero también los que sirven al reparto clásico de los tres poderes. Nada será igual en el ámbito jurídico, en todo caso se acentuará, con incidencia importante en el sector financiero y económico. El gran paraguas bajo el que se van a mover todos los dirigentes es el que se ha abierto desde la guerra de Ucrania y que se ha ampliado con las graves crisis de Palestina y Ormuz.