NACIONAL

Destruir de forma indigna a Montero como un paso para destruir a Podemos

Raúl Heras | Jueves 24 de noviembre de 2022
Con la rabia y la indignación apenas contenidas, Irene Montero consiguió que las lágrimas no aparecieran en su rostro. Sentada en su escaño ministerial en el Congreso de los Diputados la dirigente de Podemos sufrió uno de los más duros ataques personales que se han realizado en la sede de la soberanía nacional. Desde la oposición se pueden criticar con la máxima dureza sus propuestas políticas pero no llevar esos ataques al lado más personal.


El comportamiento de la diputado de Vox, Carla Troncano fue indigno, al igual que lo fue el del diputado del PP, Victor Piriz, y al igual que lo ha sido en el Ayuntamiento de Zaragoza el de la representante de Ciudadanos, Carmen Herrarte. Los tres se han lanzado contra la ministra de Igualdad de forma torpe, torticera, y muy lejos de lo que deberían ser las críticas políticas. Merecerían que desde la dirección de sus formaciones políticas los desautorizan por completo.
En el PP lo ha hecho, a medias, Núñez Feijóo a través de Cuca Gamarra; en el Vox de Santiago Abascal se han callado de forma vergonzosa; y en el Ciudadanos de Inés Arrimadas vuelven a cubrirse de gloria en ese vaiven de la derecha al centro con el que intentan sobrevivir.
El nivel político que necesita España no debe ir por esos caminos. Querer destruir a una persona a la que se la ve más débil es un signo de cobardía. Toscano, Herriarte y Piriz tenían todo el derecho a criticar la actuación de la ministra y sus propuestas legales, pero no a atacar a la persona Irene Montero, y menos utilizando el peor de los argumentos posibles. Los tres han buscado su breve momento de gloria viendo que los dirigentes de Podemos están en crisis. Creyeron, al igual que otros muchos, que destruyendo a las personas se destruye el proyecto político que representan.
Si en el Ministerio de Igualdad estuviese al frente un hombre y se hubiese preparado, llevado al Consejo de Ministros y aprobado en el Congreso por 205 votos a favor la Ley del sólo el sí, es sí, los ataques personales y claramente machistas no se hubieran producido. A Irene Montero se la quiere convertir en una especie de bruja malvada a la que hay que quemar en la hoguera de la opinión pública. Los primeros culpables de esa forma de ejercer la política son los políticos pero también hay una gran parte de responsabilidad en los medios de comunicación, cada vez más ideologizados y menos independendientes.
La ministra Montero tiene que pensar que los ataques que recibe son parte de una proceso de destrucción de Podemos muy parecido al que sufrió la UCD que encabezó la Transición española durante cinco años. De partido ganador a desaparecer. Si el de nuevo profesor de la UCM, y siempre ideólogo del partido, Pablo Iglesias, mira en el espejo de nuestra historia política más reciente se vas a encontrar con la UCD de Adolfo Suárez. Un buen motivo de reflexión al margen de las características personales del expresidente.
A Suarez le han reivindicado tra su abandono y su posterior enfermedad y muerte muchas veces. Albert Rivera lo intentó en 2016 para “reforzar” la imagen centrista que buscaba para Ciudadanos frente a un PP que representaba a la derecha más clásica y a la que el político catalán creía en crisis. No le funcionó electoralmente y “aconsejado” por un José María Aznar, que ya se había distanciado de Mariano Rajoy en el último año, se fue desplazando hacia las posiciones de esa misma derecha a la que criticaba hasta arrebatarle a los populares y a aparecer en los medios de comunicación con una gran parte de sus mensajes.
Rescatar a la UCD y a Suárez del olvido de la Transición ha sido y es un ejercicio de cinismo por parte de nuestra clase política. Al ex presidente se le atacó, se le aisló y se le olvidó con total impunidad histórica. Desde la derecha que llegó al poder de la mano de Aznar y se nutrió del derribo de esa formación con Manuel Fraga, a la izquierda del socialismo de Felipe González que participó en el reparto de esa destrucción con mejor fortuna inicial, tal y como reflejaron las elecciones generales de 1982. ¿Se puede repartir ese mismo fenómeno en la izquierda?. La respuesta es sí, ya se ha hecho en el centro, y el intento de regresar al bipartidismo es más que evidente.
Unos datos que siempre vienen bien en estos tiempos de tantos olvidos. La UCD que había nacido como partido el 21 de octubre de 1978 se disuelve como tal el 18 de febrero de 1983. Había surgido como coalición un año antes de cara a las primeras elecciones democráticas a la sombra de la presidencia del gobierno que ostentaba Adolfo Suárez y “moría” de desastre político dejando para los libros de historia al presidente que había firmado la entrada en la OTAN, Leopoldo Calvo Sotelo, y al candidato, Landelino Lavilla, que pasaba de 165 escaños a ocho. Manuel Fraga conseguía 107 y se convertía en la tranquila oposición hasta trece años más tarde. Y el renovado y “desmarxirizado” socialismo de Felipe González conseguía 202 escaños y más de una década de tranquilos gobiernos.
¿Corre el riesgo Podemos de imitar a la UCD?. Se parecen en algo importante: dentro de aquella operación de centro derecha habitaban hasta 35 partidos y formaciones fundacionales, desde la democracia cristiana al liberalismo. Más de 30 años después en Podemos habitan casi tantas corrientes como entonces, ahora en el espectro de la izquierda moderada y de la izquierda radical, a medio camino entre el marxismo clásico y su aplicación por los bolcheviques de Lenin y Stalin, y la herencia anarquista de Bakunin.
Si UCD implosionó desde dentro por las presiones externas, como si de una bomba atómica se tratara, en Podemos podemos estar asistiendo al inicio de un fenómeno parecido. En el centro derecha de comienzos de los ochenta se luchaba por ganar y administrar el poder heredado directamente del franquismo. En la izquierda de este siglo XXI se discute por el carácter ideológico que debe tener ese poder, sin darse cuenta que para dotar de un color a un lienzo, primero hay que tener el lienzo.
Podemos y sus distintas confluencias han tenido que superar sus distintas formas de ver la revolución como forma de alcanzar el poder. Su base ideológica, fundada en la interpretación del marxismo es la misma, pero la lectura de los textos y sobre todo las explicaciones históricas que pasan por las dos grandes revoluciones del sigloXX, la soviética y la china, y hasta por la acomodación de la socialdemocracia europea al capitalismo que sale de la II Guerra Mundial, es muy distinta.
En el caso de la UCD, una de sus grandes divisiones internas fue la cuestión territorial, que terminaría plasmándose en el famoso “café para todos” del ministro Clavero Arévalo. Hoy, en Podemos, la crisis interna desde el propio Consejo de Ministros a la articulación de las distintas tendencias internas de la organización, ha agudizado los enfrentamientos y amenaza con romper los mínimos necesarios de unidad si se quiere llegar con posibilidades de éxito a la larga lista de elecciones que tendrán lugar en 2023, en sus res niveles.
Más similitudes: a comienzos de los ochenta del siglo pasado la primera gran víctima de las divisiones internas de la Unión de Centro Democrático fue Abril Martorell, el vicepresidente del gobierno; en el inmediato ayer la primera de las víctimas dentro de Podemos fue el que era el número dos, Iñigo Errejón. Luego llegaron más “abandonos” de aquel grupo inicial de profesores universitarios, como Carolina Bescansa. Y si Suárez y la UCD tuvieron varias “musas” políticas como Soledad Becerril, Carmela Moreno o Carmen Díaz de Rivera;
Podemos y Pablo Iglesias pueden hacer gala de las suyas. Dice uno de esos refrán es históricos que “quien a hierro mata, a hierro muere”. Iglesias y sus más fieles lo hicieron y ahora están pagando las consecuencias.
Por último: si la desaparición de UCD - acompañada por el estancamiento y retroceso del PCE - sirvió para articular el bipartidismo imperfecto que nos ha llegado hasta nuestros días entre el PSOE y el PP; el intento de reeditarlo en torno a ese nuevo PSOE de Pedro Sánchez y el PP de Núñez Feijóo, puede que necesite no sólo el derrumbamiento de los partidos jóvenes que han nacido en la última década, también tendría que impedir que nacieron nuevos a nivel local o regional y, por supuesto, también de la descomposición de la izquierda que nació desde los movimientos sociales del 15M y se ha nutrido de la armazón ideológica universitaria de sus actuales líderes.
La ministra Irene Montero es una pieza más del ajedrez al que juegan sin cansancio los dirigentes políticos y aquellos que les apoyan desde la sombra de las instituciones.

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