Acabo de ver en uno de los muchos programas televisivos que tratan la tragedia que vive el Partido Socialista “descojonarse” (no hay otra palabra) de Pedro Sánchez, de sus ministras y de todos los dirigentes de Ferraz a causa de la repetición que todos hacen de la frase mantra con la que el secretario general socialista ha respondido a la avalancha de presuntos casos de corrupción que están investigando los jueces: “No hay una corrupción generalizada”, repiten todos al unísono sin saber si algunos de ellos serán llamados a declarar al día siguiente-
Si ya era malo que el PSOE viva una tragedia, que la tragedia se convierta en tragicomedia porque la gente no sabe ya si reír o llorar con lo que ven en la escena política, es horroroso. Es algo parecido, pero más grave, a lo que le ocurrió a Mariano Rajoy cuando se negaba a responder del cúmulo de casos de corrupción que le tocó vivir y su famosa “M (punto) R (punto) que acabó convirtiéndose en memes y chistes fáciles.
Sánchez está ya protagonizando una obra de teatro en la que se mezcla lo trágico que es ver convertir Ferraz en la cueva de Alí Babá con lo cómico que es escuchar a los inquilinos de La Moncloa tratando de explicar que ellos no sabían nada ni vieron nada malo en sus secretarios de organización, Abalos y Santos Cerdán, ni en las maniobras de su “periodista de investigación”, Leyre Díez, que conseguía encuentros con altos cargos socialista, ministros y hasta la jefa de la Guardia Civil con una simple llamada de teléfono. Negar la realidad una vez es trágico, hacerlo cien veces se convierte en cómico.
El líder socialista ha cubierto ya varias de las etapas de resistencia que ya pregonó en su famoso Manual donde presumía de cómo había logrado aguantar a los ataques que le dirigieron en su propio partido hasta echarle de su puestos de secretario general, para luego renacer y convertir el socialismo en sanchismo. Y más cuando se inventó el primer gobierno de coalición con Pablo Iglesias, que no le dejaba dormir por las noches, y terminó echando a Podemos para sustituirlo por Yolanda Díaz. Toda una proeza.
Si Sánchez se hubiera ido en 2023 aceptando su derrota más dulce, como hizo Felipe González en 1996 cuando se negó a seguir a pesar de haber podido hacerlo contando con los votos de catalanes y vascos, ahora estaría dirigiendo a un PSOE fortalecido en su lucha contra la derecha, pero sigue empeñando su persona y hasta su vida familiar a resistir como los últimos de Cuba o de Filipinas. Con ello, la tragedia irá derivando a comedia