La derrota del hasta ahora primer ministro de Hungría, al que en apariencia apoyaban tanto la Rusia de Putin como los Estados Unidos de Trump, va a cambiar las relaciones políticas, financieras y militares dentro de la Unión Europea. Viktor Orban ha impedido que llegaran a Kiev casi cien ml millones de ayuda militar, algo que Peter Magyar, el gran vencedor en las elecciones, con más del doble de votos y escaños que su adversario, cambiará o, al menos, eso se espera desde Bruselas.
La victoria de Magyar supone una de las mejores noticias que podía tener en estos momentos Volodomir Zelensky. Al igual que lo es para la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Layen, y el resto de dirigentes que aprobaron las ayudas militares a Ucrania, en unos momentos en los que la guerra del Estrecho de Ormuz ha convertido al país en uno aliado de las monarquías del Golfo gracias a su experiencia en el manejo de drones, tanto de ataque como de defensa tras los cuatro largos años de guerra en el Donest.
Mala noticia para Vladimir Putin, que acaba de perder a uno de sus grandes aliados dentro de Europa e incluso dentro de la OTAN. Hungría es una pieza clave que desatasca el gran problema de centroeuropa. Junto con Rumania y Eslovaquía son la entrada sur de Ucrania, el mejor de los cierres defensivos que podía tener el gobierno de Kiev junto a la potente Polonia. La Europa de los 27 estados y la propia OTAN ya no tendrán el “estorbo” que representaba Viktor Orban, cuya política ha convertido el anterior apoyo mayoritario del que ha gozado en su propia tumba política.
Rusia va a tener que pensar en una nueva estrategia política y militar para llegar a un acuerdo con Kiev de cara a terminar con la guerra. Y lo mismo le ocurrirá a Estados Unidos. El futuro gobierno del jurista y experto en las relaciones internacionales de su país, gracias a su paciente ascenso dentro del propio sistema utilizado por Orban, va a cambiar por completo los programas económicos y sociales que ha estado vigentes durante dieciséis años. Se acelerará el proceso de paz, con menos exigencias por parte del Kremlin, o se incrementarán los ataques y la destrucción, por la necesidad de Putin de no retroceder en ninguno de los territorios que ocupa y que ya aparecen en el mapa de La Federación Rusa como uno más y el más necesario para la comunicación terrestre con la estratégica Crimea.
Todo el aparato del Estado creado por Orban va a necesitar de una cirugía radical si Magyar quiere que Hungria tenga un papel más importante en el contexto de la Unión Europa, y en sus relaciones con la Casa Blanca y el presidente Trump. La presencia del vicepresidente norteamericano y sus palabras de apoyo al ya perdedor electoral no han surtido ningún efecto positivo. La sociedad húngara ha dicho, en las urnas, que estaba harta de su primer ministro y que deseaba cambiar de forma inmediata.
Toda la Europa comunitaria, y veremos hasta que punto el hombre que se declara liberal conservador y europeísta es capaz de transformar a su país, tiene las puertas más abiertas para sus políticas de inversión de Defensa y en una nueva política migratoria. La situación en Hungría tiene muy poco que ver con lo que sucede en Alemania, Italia, Francia y España, con sus gobiernos en situación de deterioro creciente y sus poblaciones sometidas a una inestabilidad que ha ido creciendo desde el inicio de la guerra de Ucrania y se ha acelerado tras los conflictos en Oriente Medio, desde la destrucción de Gaza, Cisjordania y Líbano al choque frontal entre USA e Israel, por un lado, y la República de Irán por otro.
Las consecuencias que se derivan del cierre del Estrecho de Ormuz se van a extender en el tiempo, con paz o con más destrucción, y puede que el optimismo y las ganas de cambio mostradas por la sociedad húngara - al igual que las del resto de Europa - choquen con los cambios geoestratégicos de las dos grandes potencias que van a representar el nuevo equilibrio mundial, USA y China.