SOCIEDAD

Cuando el periodismo fue

Diego Armario | Viernes 03 de septiembre de 2021

Pocas veces me detengo a escuchar una tertulia política porque es un ejercicio tan detestable como ver un Real Madrid-Barça, un día en el que los dos equipos juegan mal y sus aficiones le echan la culpa del resultado a la madre que parió al árbitro.

Utilizó esta metáfora no porque los tuercebotas de las tertulias tengan ni de lejos el nivel profesional de los futbolistas, sino porque unos y otros llevan la camiseta de su club – ya sea deportivo o político – para que nadie dude de en nombre de quien están dispuestos a hacer trampas.

Los que van a las tertulias hacen más juego sucio que los profesionales del balón, están gordos de tanto asentar sus reales en una silla bajo los focos de la tele y defienden su hueco con la misma desvergüenza que el charlatán de feria que sobrevive gracias a no creer en nada. La ilusión vital de algunos de los que ya están pasados de años, es envejecer en un programa de televisión destrozando la escasa credibilidad que algún día tuvieron, porque en vez de opinar insultan al político al que están entrevistando, le gritan y no les importa dar de sí mismos una imagen cutre y ridícula.

Hago este comentario para poner en valor el periodismo riguroso y honesto que hacen los profesionales de otras áreas informativas en las que solo necesitan acudir a fuentes fiables, contrastar datos, analizarlos y estar dispuestos a someterse al juicio crítico de los expertos y la opinión pública. Por ejemplo, los reporteros de guerra que siempre asumen un riesgo y a veces pierden su vida por contar una noticia desde Kabul. El Sahel , Colombia, u otro lugar el que hablan las balas.

Salvo los colegas rigurosos, por los que siento rspeto y a veces admiración, los contertulios que apoyan la golfería de unos políticos o la de los de enfrente, me inspiran una gran lejanía y un cierto desprecio.
El romanticismo que siempre existió en este oficio en el que los plumillas y los fotógrafos vestían de traje y llevaban sombrero solo ha perdurado en las películas en las que todos eran unos osados vividores, que fumaban y bebían mientras peleaban por un exclusiva, que tenía que ser cierta.
Hoy el cine no tiene donde inspirarse.