NACIONAL

Deseos y miedos en la guerra de Sánchez y Díaz

Raúl Heras | Miércoles 12 de mayo de 2021
El presidente del Gobierno y Secretario General del PSOE tiene tantos deseos de acabar con la presencia política de la ex presidenta de la Junta de Andalucía y Secretaria General del PSOE andaluz como miedos a no conseguirlo. Si gana Pedro Sánchez este último combate Susana Díaz se quedará sin nada; si gana Susana los días de Pedro al frente del PSOE estarán contados.

A favor de Sánchez está la historia interna y externa del socialismo español. Consiguió vencer en el mes de julio de 2014 a Eduardo Madina y a Pérez Tapias en la lucha por la Secretaría General, con el apoyo entre otros de la entonces todopoderosa presidenta de la Junta, que renunció a presidir también el PSOE pero que se “han reservó” la presidencia del Consejo Político Federal.

La presidencia del partido está reservada desde siempre a un dirigente en retirada, una figura que ya no aspira a liderarlo. Es más una referencia histórica que otra cosa. Un puesto cómodo y nada más. Susana Díaz tenía en mente todo lo contrario: primero eliminaba a Eduardo Madina y luego iría a por el “novato” Pedro Sánchez.

Ocurrió que el “novato” aceptó los apoyos, aceptó el pago de los servicios prestados desde el socialismo andaluz y comenzó a fortalecer su particular castillo de la calle Ferraz. Dos años más tarde, cuando los presidentes de cinco autonomías y tres ex Secretarios Generales se dieron cuenta de que el líder al que habían apoyado se consideraba libre de cualquier compromiso y volaba sólo, decidieron que había que echarlo. Lo hicieron y Sánchez presentó su renuncia el 29 de octubre de 2016. No dijo como el general McArthur “volveré” pero se puso a ello con singular empeño y muy buenas ayudas, tanto desde dentro como desde fuera de España.

Si en las Primarias de 2014 había conseguido el respaldo del 48,63% de la militancia; en las Primarias de mayo de 2017 consiguió el 50,21%, diez puntos más que la que se presentaba como favorita, Susana Díaz; y 40 puntos más que el vasco Patxi López. Venció en todas las Federaciones socialistas pasando por encima de Javier Lambán en Aragón, de Javier Fernández en Asturias, de Ximo Puig en la Comunidad valenciana, de Guillermo Fernández Vara en Extremadura, y de Emiliano García Page en Castilla la Mancha.

De la inesperada victoria interna en el PSOE de 2017 a la inesperada victoria en la moción de censura de 2018 contra Mariano Rajoy pese a dos derrotas sucesivas en las elecciones generales que se celebraron en apenas un año. De nuevo, cuando parecía que se encaminaba al adiós, el destino en forma de Pablo Iglesias y la ambiciones nacionalistas en Euskadi y Cataluña le llevaron al gran sillón del palacio de La Moncloa.
El PSOE se despertó de su letargo electoral, ganó Autonomías y grandes Ayuntamientos y pese a quedarse en las generales de noviembre de 2019 en 120 escaños consiguió pasar la investidura y formar Gobierno. El peaje se llamaba Unidas Podemos, que se había quedado en 35 escaños pero era fundamental para llegar a la mayoría absoluta. Otra victoria in extremis para un Pedro Sánchez que se olvidaba de todos los recelos hacia sus socios “comunistas” y les dejaba cinco puestos en el Consejo de Ministros.

No contaba el presidente del Gobierno con la pandemia que iba a arrasar España a partir de marzo de 2020. Sus planes de controlar el PSOE con cambios en cada uno de los territorios y esperar los cuatro años de Legislatura a que la economía mundial funcionase y sacara a nuestro país de la grave crisis en la que se encontraba, se vinieron abajo.

Veía a la derecha fractura en tres partidos, debilitados los dos más centrista y exultante el más extremo. Posición ideal para intentar darles la puntilla como si de un toro se tratara y España la plaza que se iba a llenar de pañuelos blancos en su honor cuando diera la vuelta al ruedo. Primero en Murcia, luego en Madrid, más tarde en Valladolid para terminar en Andalucía. Todo el poder para “su PSOE”, no el de Felipe González, no el de José Luís Rodríguez Zapatero, el suyo, el que estaba construyendo con la ayuda de Abalos como jefe de máquinas en el engranaje de intereses y zancadillas que existen en las formaciones políticas.

Con el triple fracaso a sus espaldas, con una Europa que mira con enorme desconfianza el Plan de Recuperación presentado para que 140.000 millones de ayudas lleguen a España, con una presidencia norteamericana que mira para otro lado y un vecino tan incómodo como Marruecos que de nuevo ve llegada la hora de incordiar, emprender la nueva guerra con Susana Díaz por el control del socialismo andaluz es tan arriesgado como necesario.

Sánchez, a través del alcalde de sevilla, Juan Espadas como candidato en las Primarias, debería derrotar con cierta facilidad a la ex presidenta, a la que tampoco demuestran mucho cariño la vicepresidenta y la ministra de Hacienda que están en el Gobierno. Carmen Calvo y María Jesús Montero apoyaran a su jefe de filas, sin duda.

El problema de Sánchez está en los deseos internos que existen de castigarle por su cesarismo y por sus pactos con la izquierda abertzale de Bildu y los independentistas de ERC y del PNV. Si Felipe González conserva algún crédito dentro de su partido puede ser el banderín de enganche con su frase “cuando todo está mal aparece un tio que dice que todo está bien y que el futuro es cojonudo” para que el mismo voto de castigo que ha llevado a Isabel Díaz Ayuso a ganar en la Comunidad de Madrid le haga ganar a Susana Díaz.


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