Raúl Heras

La maldición de los líderes y el suicidio de todos

Jueves 13 de septiembre de 2018
Si seguimos viendo las vergüenzas académicas de los dirigentes políticos un día sí y otro también, con dimisiones y acusaciones judiciales mientras los problemas del resto de los ciudadanos pasan a un segundo plano, habrá que recurrir a las elecciones para que el gobierno de turno se dedique a resolverlos.

Dos víctimas políticas de Primera División y otras que están a la espera. En apenas cinco meses, el tiempo que va del 4 de abril al 10 de septiembre, la maldición docente está causando estrago. De Cristina Cifuentes a Carmen Montón, de una licenciada en Derecho a una licenciada en Medicina. Por medio una moción de censura con cambio en la presidencia del Gobierno. De Mariano Rajoy a Pedro Sánchez y en cien días dos dimisiones ministeriales. Si las crisis de los ricos las pagan siempre los pobres; las crisis de las Universidades las pagan siempre los alumnos.

Todo lo que hayan hecho Cifuentes y Montón, Sánchez y Casado, Rivera y Errejón y una larga lista de dirigentes políticos que han ido cambiando sus biografías académicas para retirar titulaciones y medallas, lo han hecho gracias a las ayudas directas de las propias Universidades. En una de ellas, la Rey Juan Carlos, han entrado y con mucho cuidado los ojos de los jueces. Falta por saber y conocer si esos ojos van a curiosear por el resto.

La fiebre contagiosa por sumar títulos que les está afectando de forma pública puede acabar con ellos en los juzgados o cuanto menos en el adiós a su vida pública. Ya no se trata de si lo hacen bien o mal en sus cargos, se mira, se valora y se juzga en la gran plaza de los medios de comunicación si son o no mentirosos, si son dignos de que se les crea en razón de lo que han hecho a favor de su propia imagen.

Masteres mal ejecutados, notas mal concedidas, trabajos mal efectuados, copias disparatadas y demasiado escandalosas, títulos inmerecidos. La política se está vengando de la Universidad española dejando al descubierto una parte de sus vergüenzas. Y, por supuesto, con dinero por medio, siempre aparece alguien que llena su bolsillo, sea persona física o jurídica, sea pública o privada.

Si los dirigentes de los cuatro grandes partidos hubieran visto en el inmediato futuro la tormenta que se iba a desencadenar tras los primeros vientos que desató el escándalo de Cristina Cifuentes, y que acabó con la presidencia y las aspiraciones de la dirigente del Partido Popular, posiblemente hubieran dotado de mayor prudencia a sus palabras y a sus hechos.

La vida pública ha cambiado de forma radical, y con todos sus defectos, que son muchos, los medios de comunicación vuelven a ejercer su misión de control social del poder, haciendo algo tan sencillo como es contar las cosas que ese poder no quiere que se cuenten. En este país gustan los extremos, nada de medias tintas, blancos o negros, rojos o azules, buenos o malos, santos o demonios. Navegamos con desventaja respecto a otros países, pero aceptemos que llevamos muchos siglos viviendo de esta forma. A los periodistas ya les ganan por goleada las redes sociales, llenas de memes, chistes, dibujos, montajes fotográficos que se convierten en crónicas de la realidad, siempre con un toque de humor negro, que no es casualidad que tengamos en el ADN colectivo a Quevedo, Goya y Valle Inclán.

El gran año de celebraciones y orgullo por el cuarenta aniversario de nuestra actual Constitución se ha embarrado de tal manera que amenaza con no dejar ninguna institución limpia de polvo y paja. Algunos quieren enterrar la Transición sin darse cuenta que van a enterrarse ellos mismos y al resto del país. Una Nación no puede estar reinventándose continuamente, no puede volver al punto de partida cada cierto número de años. Es un suicidio colectivo. Y hasta puede que nos guste.


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