El 13 de mayo, el Senado confirmó a Kevin Warsh como nuevo presidente de la Reserva Federal por 54-45, la votación más dividida en la historia del cargo. La primera reunión bajo su mandato será el 16-17 de junio, en plena crisis energética. Sería un error reducir su llegada al tono que imprimirá -más halcón o más paloma- en las próximas decisiones. Lo relevante no es eso.
El ya presidente, que fue gobernador entre 2006 y 2011, lleva años hablando de un cambio de régimen en el banco central. No de un giro en los tipos, sino de un cambio implícito de mandato. Llegó a la Reserva Federal con solo 35 años como el gobernador más joven de la historia de la institución, y lo hizo justo en el momento fundacional de esa Reserva Federal multitarea a la que ahora se apresta a poner fin.
LO QUE SE PROPONE CAMBIAR
La Fed de los últimos quince años ha sido de facto una institución multipropósito. Estabilizadora de precios, pero también con misión de respaldo fiscal vía QE, a la par que gestora de expectativas a través del forward guidance, e incluso instrumento de política exterior por la vía de las líneas swap y la canalización de sanciones a través del sistema dólar.
Warsh pretende retirarse de buena parte de ese terreno: reducir balance volviendo al esquema operativo previo a 2008 -corredor de tipos, no suelo, con reservas muy limitadas-, abandonar prácticas de comunicación que comprometen al banco con sendas futuras, y reintroducir disenso real en el FOMC, lo que él mismo ha llamado reuniones “más desordenadas”.
No es ruptura: es restauración. La Fed de Volcker y la primera de Greenspan operaba así. Lo anómalo fueron los años posteriores a 2008, cuando la política monetaria asumió funciones que correspondían a la fiscal y, en parte, a la geopolítica.
LAS CONSECUENCIAS
Si esa dirección se sostiene, las consecuencias se sentirán más en tipos largos que en los cortos. La prima de plazo tendría que subir estructuralmente: sin una Fed dispuesta a comprar deuda en episodios de tensión y sin guías explícitas sobre la senda futura, el mercado vuelve a cargar con todo el riesgo de duración. Eso ocurre, además, en un momento en el que el Tesoro emite a un ritmo histórico. La oferta no encuentra ya un comprador implícito de último recurso.
Para el dólar, el efecto es ambiguo. Una Fed que no monetiza el déficit favorece, en teoría, una moneda más disciplinada. Pero una Fed que renuncia a usarse como herramienta geopolítica erosiona la utilidad del dólar como activo de reserva. Las dos fuerzas tiran en sentido contrario, y eso ayuda a entender por qué el dólar se aprecia, pero no convence. Es la razón por la que el oro gana fuerza, no como refugio cíclico sino como cobertura frente a la pérdida de un ancla institucional.
EL RIESGO DE ERRAR
Y llegamos a la parte incómoda. La tesis es sólida en abstracto, pero su primera prueba es un shock energético en curso. Si los efectos de segunda ronda aparecen y la nueva Fed los lee como problema estructural, podría endurecer en el peor momento, repitiendo el error del BCE en 2011.
Si, por el contrario, mantiene la doctrina, pero la economía cede de forma no lineal en empleo o crédito, la presión política para que la Fed vuelva a actuar será enorme, y el coste reputacional de no hacerlo, también. El equilibrio es estrecho: una Fed más pequeña solo funciona si los demás —Tesoro, Congreso y mercados— aceptan que el ajuste les corresponde a ellos y la aceptación, hoy, no está garantizada.