INTERNACIONAL

La profecía de Trump sigue sin cumplirse en la Ucrania que tiene pasado pero no futuro

Raúl Heras | Viernes 13 de febrero de 2026

En cien días, decía un triunfante Donald Trump para asegurar que ese era el tiempo que necesitaba para terminar con la Guerra en Ucrania, ese nuevo cáncer que le surgió a Europa en 2013 y se volvió metastásico en 2022. Luego, que es nuestro ahora, que convencería a Zelensky y Putin de firmar la paz. Ni su amigo personal Witkoff, ni su yerno, Jared Kushner, convertidos en negociadores sin títulos lo han conseguido por más reuniones que se mantengan en los lujosos Palacios de las arenas dorados de los desiertos árabes. Lo mismo ocurre en Gaza y no parece que el jefe de la Casa Blanca vaya a convencer a los clérigos iranies. Cuatro años y millones de palabras no parecen suficientes.



China y Taiwan; Venezuela y Colombia; Brasil y Cuba; Dimamarca y Greenlandia, Siria, Irak, Sudán… La lista de conflictos programados y programábles llenarán los informativos del siglo XXI. Que tendrán rostros humanos pero su corazón será de metal. Trump se marchará pero la herencia será terrible. En sus cuatro años habrá cambiado el futuro de todos.
Desde hace una década - a la que habría que añadir seis más si nos vamos a la època de Nikita Kruschev - Ucrania recibe un castigo muy duro, que va a dejar una huella macabre imposible de olvidar en su futuro, esa fecha sin calendario final pero que hará que el país que conocían sus habitantes antes del 20 de febrero de 2022 en nada se parezca al que mirarán cuando llegue la paz, que llegará, de eso no caben dudas, y que certificará varias derrrotas a la vez: la de la evidente guerra civil en la que ya estaba Ucrania en 2014; la de la monetaria y cegata Europa; la de la ineficaz y absurda ONU; y la de las nuevas y viejas potencias militares que habrán dejado en el olvido las consecuencias de la II Guerra Mundial.
Ucrania es destruída todos los días. Los misiles, las bombas, los disparos de los dos bandos caen sobre su suelo, matan a su población, destruyendo sus casas, sus industrias, sus campos, su futuro. Habrán muerto más de trescientas mil personas; habrán emigrado más de cinco milones de desde que se inició el conflicto; de ciudades enteras solo quedan los escombros; el país, “oficialmente” para una de las dos partes, la rusa y prorusa, es un tercio más pequeño; y lo peor de todo, no habrá ganadores y perdedores dispuestos a recomponer su historia en común, no, quedará para éstas y las siguientes generaciones un odio imposible de olvidar, unos deseos de venganza entre las familias, entre los vecinos, que emergerán cuando menos se espere.
Por cada nuevo tanque, misil, avión, armamento que pide el presidente Zelensky y que se le envía, desde Rusia, el presidente Putin, no tiene más remedio que envíar al frente otro tanque, otro misil, otro avión, otro armamento. Cada trozo de tierra que se conquista, se gane o se pierda, está regado con sangre, y la mayor parte de la misma es ucraniana. Con ayuda de Oriente y de Occidente, de Rusia y sus aliados, y de la OTAN y los suyos, a lo que llevamos asistiendo desde ese 20 de febrero de 2022 es a una increible, injusitificable, inesperada guerra civil con presencia de mercenarios y tropas de otros países. No hace falta mucho para que los españles entendamos sus consecuencias, con la memoria, nuestra memoria, nos basta. Han pasado 90 años desde su inicio y 87 desde su final. Estamos en el inicio de 2026, un año cargado de elecciones y de proclamas políticas que, para nuestra desgracia, están más cerca de aquel primer tercio del siglo XX que del futuro que nos convendría a todos. Cuatro generaciones parece que no han sido suficientes para el olvido.
Puede que una gran parte de la sociedad española en general y de nuestra clase política en particular, es especial si tiene menos de 40 años, no sepa o recuerde lo que ocurrió durante diez años en el centro de Europa. Convendría que lo supieran para entender mejor lo que está ocurriendo en Ucrania y hasta dónde pueden llegar los dirigentes políticos cuando, por encima de los deseos reales y diarios de sus ciudadanos, buscan imponer sus razones, que suelen ser económicos , bajo el gigantesco y colorido marco de sus diferentes nacionalismos.
Si en 1945, cuando termina la II Guerra Mundial con la derrota de Alemania, se reorganiza el mapa de la Europa Central, tan cambiante desde que existiera el Imperio de los Habsburgo. Nace un país que integraba grupos, etnias, pasados y lenguaje diferentes. Nació la Yugoslavia comunista de Josip Broz Tito - tras vencer en la disputa inicial tras la guerra a los partidarios del Rey Pedro II y la posterior abolición de la Monarquía unos meses más tarde - que integraba a serbios, croatas, bosnios, eslovenos, macedonios, montenegrinos y kosovares. En 1980, con 87 años muere como presidente de la Federación Socialista de Yugoslavia y diez más tarde comienza la fragmentación del país, en una guerra civil con varios frentes, con cientos de miles de muertos y varios millones de emigrantes.
Pedro II, dentro de la tradición Imperante en ese comienzo del sigloXX se había casado con Alejandra Glücksburg ( el apellido que se cambiaron los últimos Reyes británicos ), Princesa de Grecia y Dinamarca, que vería cómo su tio Jorge II subía al trono heleno y lo perdía; cómo su primo Pablo I lo recuperaba y volvía a perderlo y cómo el hijo de éste, Constantino, lo perdía tras el golpe de los coroneles y la proclamación de la República en Grecia. Ese hilo dinástica nos lleva a la Reina Sofia y al Rey Felipe VI. Mirar la historia de las Monarquías europeas está a medio camino entre el placer de saber y la obligación de entender lo que ocurre desde la mitad del siglo XX a este inicio del XXI. No todo lo que existe debajo de las coronas y las tiaras es deslumbrante.
Murió un país y nacieron seis: Serbia, Croacia, Bosnia- Herzegobina, Macedonia , Eslovenia y Montenegro; y dos provincias se declararon autónomas, Kosovo y Volvodina. El gobierno serbio negoció la autonomía de la segunda pero en Kosovo, en 1999, intervino de forma directa la OTAN para “evitar el genocidio” de su población. Tres meses de bombardeos y una paz tan inestable que hoy, a la sombra de la guerra de Ucrania, el gobierno de Serbia vuelve a reclamar esa provincia como territorio propio.
Veinticinco años más tarde, de nuevo en la Europa Central, en la frontera de esos dos mundos que representan la Europa del euro y la OTAN y la Europa de Rusia, la guerra por el territorio vuelve a causar cientos de miles de muertos, decenas de miles de millones gastados en armamento y ciudades arrasadas en su totalidad. No parece que los dirigentes políticos hayan aprendido demasiado o, lo que es más probable, que la historia les importe muy poco y sean las ambiciones personales y de pequeños grupos las que dirijan sus acciones. Las intenciones de los actores directos e indirectos en esta tragedia son unos y no durarán em el tiempo. Al margen de las disputas y diferencias notables que existen entre Polonia, Hungría, Bulgaria y las Repúblicas Bálticas sobre su futuro, lo más relevante para los próximos años, en la Europa a la que pertenecemos, serán las relaciones que se estable can entre Rusia y Alemania, entre Alemania y Polonia, entre ese Oriente y ese Occidente que representan la historia total de Europa. Si sigue esa división nunca se llegará a la paz definitive, al margen de quién gobierne en los países que la integran.

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