El arranque de 2026 está ofreciendo una imagen de Europa muy distinta a la que se pretendió durante la última década: una región reactiva, fragmentada y dependiente. Los mercados financieros, la política fiscal y la estrategia geopolítica parecen alinearse alrededor de un mismo eje: la necesidad y la voluntad de reforzar la autonomía europea en un entorno cada vez más hostil.
La fortaleza relativa de las bolsas europeas no es un fenómeno coyuntural. Tras batir a las norteamericanas en 2025, Europa ha iniciado el año consolidando esa ventaja, impulsada por sectores que reflejan prioridades estructurales más que episodios financieros. Defensa y banca lideran el movimiento por una combinación poco frecuente de respaldo político, cambio regulatorio y mejora macroeconómica. El mensaje implícito es claro: el capital empieza a reconocer que Europa está ajustando su modelo, aunque sea forzada por circunstancias externas.
UN NEXO RELEVANTE
El caso de la defensa es paradigmático. La erosión de la fiabilidad estadounidense como garante último de la seguridad del continente ha acelerado la construcción de una capacidad militar propia, industrialmente europea y políticamente autónoma. No se trata de un ciclo, sino de un cambio de régimen. La recomendación recurrente de “comprar las caídas” en defensa refleja esa convicción.
Para la banca la expectativa de una verdadera expansión crediticia en la eurozona, -ausente desde la crisis financiera global-, y la simplificación regulatoria supone un punto de inflexión. Sin embargo, bajo esta aparente calma subsiste una fragilidad conocida: el vínculo entre bancos y deuda soberana.
Ese nexo vuelve a cobrar relevancia en un momento en que los Estados europeos están alterando de forma significativa su estrategia de financiación. La reducción de la duración media de la deuda emitida es una respuesta pragmática a la desaparición de compradores estructurales de largo plazo, como los fondos de pensiones. Pero también incrementa la sensibilidad de las finanzas públicas a los tipos de interés, en un contexto de mayor endeudamiento y necesidades de inversión crecientes, especialmente en defensa e infraestructuras.
DECISIONES INCÓMODAS
Alemania ocupa aquí un lugar central. Las primeras señales de estímulo fiscal materializándose en pedidos industriales, bienes de capital e ingeniería civil sugieren que el motor europeo podría estar reactivándose desde dentro, y no solo por demanda externa. Si se confirma, el impacto sobre la industria e infraestructuras sería significativo.
Pero este giro económico no puede desligarse del trasfondo político. Europa está despertando, no por convicción ideológica, sino por presión estratégica. La llamada a una soberanía real —militar, tecnológica y financiera— implica decisiones incómodas: integrar mercados de capitales, reducir sesgos nacionales en la banca y asumir costes de transición. El debate sobre limitar el trato privilegiado de la deuda soberana en los balances bancarios es un recordatorio de que la estabilidad actual descansa sobre equilibrios frágiles.
La paradoja europea es que su momento de mayor cohesión potencial surge de una amenaza externa. Si sabe aprovecharla, la región puede emerger más resiliente y competitiva. Si no, el aparente optimismo de los mercados con Europa podría revelarse como una peligrosa complacencia.