ECONOMIA

Mientras dure…

Evolución de la deuda norteamericana.
José Manuel Pazos | Martes 30 de noviembre de 2021

Ahora ya sabemos a quién le corresponde lidiar con la normalización postpandemia en la Reserva Federal. Parece que asomarse al borde del precipicio no es la afición de los mercados, a los que, de momento, resulta más sencillo comprar el discurso de una inflación transitoria y volcar su liquidez hacia activos en dólares que, pagan más en el corto, pagan más en el largo, y además de ser la divisa de reserva, va y se aprecia. Profecía autocumplida. Mientras dure…

No es ningún regalo
Al margen de si podemos hablar de postpandemia a la vista de cómo está evolucionando la situación en la muy vacunada Europa, a ver quién define normalización. Los cuatro años del segundo mandato del actual presidente de la Reserva Federal no son ningún regalo.

Solo con comprobar que la deuda pública en EE.UU. será, al finalizar este año (103% del PIB), 2.6 veces la que había al comienzo de la crisis financiera, ya podemos intuir cual es el margen que hay para subir los tipos de interés sin desencadenar una catástrofe en el mercado de bonos.

Y no hay ninguna previsión de que la deuda sea menor dentro de 10 años, donde la propia oficina presupuestaria del Congreso estima que se situará en el 106% del PIB.
Que se sepa, de este laberinto, solo se sale creciendo e inflacionando. De lo primero, cabe esperar poco, a la vista de que hasta los trabajadores parecen estar dispuestos a autoexcluirse del mercado de trabajo, amén del envejecimiento de la población en Occidente.

Las cargas sociales no pueden sino aumentar, y la tasación fiscal, hace tiempo que alcanzó, en muchos países, el límite de lo que una economía puede soportar para seguir funcionando.

También se hace lo imposible para reprimir el ahorro, de modo que salvo un milagro que multiplique la productividad, que lleva décadas estancada en Occidente, el factor trabajo es difícil que soporte el grueso del peso, así que, la próxima puerta en este túnel hacia la normalización postpandemia, es la que esconde los temidos efectos de segunda ronda.

No se conocen en la historia salidas de una crisis energética que no vengan acompañadas de fuertes presiones sobre los precios.

¿Puede salir todo bien?
Puede. Pero también puede cambiar todo. El rumbo no es el idóneo, pese lo qué pese a los mercados, que, con las actuales reglas de juego, hacen lo que pueden para salvar el valor real del dinero. Pero a vista de dron, para que negarlo, precipicio se adivina.

Si no hay crecimiento, y se persigue el ahorro, germen de la inversión, queda la inflación. Si continúan las condiciones monetarias laxas para financiar a los Estados, y para que el ahorro se la siga jugando, comprando títulos que pagan nada, y que van a ser amortizados en monedas que cada vez están menos respaldadas fiscalmente, caso claro del dólar, habrá un día en el que algunos digan ¡basta! y tengamos que enfrentar el precipicio de una crisis en el mercado de bonos y, a renglón seguido, una profunda recesión. De este modo, se frena todo. También la inflación.

Pero no hace falta, ni llegar tan lejos, ni esperar los cuatro años del nuevo mandato del presidente de la FED para que se dude del valor del dólar. Igual que ahora se compra, porque va por delante, también estará antes más cerca del borde.

Nada peor que se dude, en una moneda, de su valor como reserva. Ni por inflación, ni por déficit fiscal, ni por déficit corriente, hay divisa, entre las grandes, más frágil. Le salva su valor de reserva, pero incluso con eso, no puede sostenerse, si lo que paga, no cubre lo que se arriesga. Y pagarlo, no puede. Suerte, Sr. Powell.