Blas López Angulo

Las lecciones de Gargantúa

Blas López Angulo | Viernes 25 de noviembre de 2016

Gargantúa se despertaba muy temprano, hacia las cuatro de la madrugada y comenzaba su plan diario formativo. Mientras le aseaban, le leían alguna página de las Sagradas Escrituras en voz alta y clara, con la pronunciación que convenía a la materia. Luego iba al excusado a expeler las heces de las digestiones naturales. A la vuelta, lo vestían, peinaban y perfumaban y, durante ese espacio de tiempo, le recordaban las lecciones del día anterior.



Él mismo se entregaba a recitarlas de corrido y mezclaba en ellas algunos casos prácticos relativos a la condición humana. Tras varias horas de lecturas, ya vestido del todo, si el estado del cielo lo permitía, salían discutiendo siempre acerca del fondo de las mismas, y se divertían en el frontón o en los prados jugando a la pelota, a la palma o a la billa, ejercitando diestramente el cuerpo, como antes habían ejercitado el alma.

Jugaban con amplia libertad, porque abandonaban la partida cuando les parecía bien y cesaban de ordinario cuando estaban cansados. Uno tiene que volver a la infancia para recordar que se jugaba sin tasa, los partidos o lo que fueran solo terminaban por capricho del dueño del balón –pocas veces- o por imperativos varios. Resultaba difícil llevar la cuenta del resultado, por eso que lo mismo podía valer el último gol que todos los demás.

En un panfleto estimable “También nos roban el fútbol”, recién publicado en Akal, Ángel y María Cappa citando a Bertrand Russell nos vienen a decir que el culto a la eficiencia ha inhibido la capacidad para la alegría y los juegos: “si solo vale ganar, nos arrebatan el placer de jugar. Si solo sirve el resultado final, nos quitan el 'mientras tanto'”.

Ya Huizinga en su magistral Homo ludens nos había advertido que si alguna vez un siglo se ha tomado en serio a sí mismo y a la existencia entera, ha sido el siglo XIX, enterrador del elemento lúdico, consustancial al mismo concepto de cultura. El desarrollo industrial se plasma en la utilidad del deporte, en su omnipresencia actual desligada de su origen jocoso, por usar la raíz románica actual del término juego: broma, divertimento.

«Consecuencia de ello es el que pueda nacer y divulgarse el error vergonzoso de que las fuerzas e intereses económicos determinan la marcha del mundo. La sobrestimación del factor económico en la sociedad y en el espíritu humano era en cierto sentido el fruto natural del racionalismo y utilitarismo que habían asesinado el misterio y absuelto al hombre de culpa y castigo» (Homo ludens)

Las nuevas tecnologías contribuyen a exacerbar una productividad, incluso disociada del sentido del juego, en cuanto miden rendimientos cuya eficiencia a veces es discutible. Correr más kilómetros en un partido te acredita como atleta pero no demuestra especialmente una valía excepcional como futbolista. Lo mismo se puede decir de dar más pases, etc. La cantidad no mide el talento ni denota necesariamente la cualidad que resuelve favorablemente la disputa. En general, las estadísticas favorecen el análisis y el trabajo de los medios, pero pueden complicar, más que ayudar, a descifrar los entresijos del juego y la supuesta lógica del resultado. Pervierten además la proyección de algunos jugadores, empeñados en destacar en novedosas estadísticas, con ese altavoz mediático que nubla las esencias, los arcanos. La sobreabundancia de información no es sinónimo de mayor conocimiento, como bien es sabido.

Habíamos dejado al gigante Gargantúa a las puertas del señor Apetito. Hasta poder soplar un gargantuesco trago de vino con que confortarse los riñones escuchaba alguna historia de proezas antiguas. En la sobremesa, los dados o los naipes le enseñaban la aritmética; la geometría, la astronomía y la música también estaban invitadas al convite.

Una vez fuera, Gimnasta su escudero, le enseñaba el arte de la caballería: Luchaba, corría, saltaba, aunque no daba saltos de tres pasos ni saltaba a la pata coja, porque decía su preceptor que tales saltos son inútiles y carecen de provecho en la guerra. De la misma manera conviene no olvidar que el juego es mímesis, representación. El ajedrez trasladaba el mundo bélico a la tregua del tablero. Los deportes en este sentido recogen el fin agónico de los juegos populares (reglamentados).

Este siglo XXI, tanto más confuso y contradictorio, es desgraciado en cuanto ignora dicha naturaleza lúdica, o no aprovecha la utilidad proveniente de esa sublimación de la lucha, debidamente encauzada, como el humanismo renacentista supo destacar.