La victoria de la “ideología líquida' de Macron da un respiro a Europa
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La victoria de la “ideología líquida" de Macron da un respiro a Europa

martes 26 de abril de 2022, 07:49h

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El presidente de la “ideología líquida” repite victoria electoral en Francia y seguirá otros cinco años en el Eliseo. Emmanuél Macron tenía que ganar y ha ganado, al igual que su rival, Marine Le Pen tenía que perder y ha perdido. Respira satisfecha la Europa de Bruselas, Estrasburgo y Francfurt. También respiran aliviados en Washington, en Kiev y en Madrid. Alivio para la Alianza Atlántica. No pasa lo mismo en Francia pese a los 16 puntos de ventaja que existen entre los dos adversarios.

La abstención más alta de los últimos cincuenta años, casi un treinta por ciento, indica que ninguno de los dos candidatos cuenta con el apoyo de una tercera parte de los franceses. Macron ha conseguido lo que no pudieron hacer sus antecesores en el cargo, ni François Hollande, ni Nicolás Sarkozy. Ya está en la Historia de Francia pero le espera otra batalla no menos importante: a mediados de junio se celebrarán las elecciones legislativas, las que configurarán las Cámaras parlamentarias y puede que al exultante presidente no le quede más remedio que pactar con quién quedó tercero en la primera vuelta. Melenchón y sus votantes le han proporcionado la victoria frente a la derecha dura de Le Pen, puede que ahora deseen que les devuelva el favor con el cargo de primer ministro.
El voto urbano, la clase media y alta, los “ricos” ejecutivos de las grandes compañías le ha dado su apoyo al que seguirá viviendo en el Eliseo. Por conveniencia y no por convicción. El otro voto, el de los trabajadores y la Francia Profunda ha ido a Le Pen o a la abstención. Nuestro país vecino está partido en dos socialmente y políticamente en varios trozos. División en tres por la derecha, y división en cuatro por la izquierda. Todos los dirigentes ya están pensando en cómo afrontar las nuevas e inmediatas elecciones legislativas, las que decidirán de verdad la estructura del poder pese al carácter presidencialista de la República.
Era un imposible que la candidata de la ultraderecha ganara. A muchos de los que le han votado no les gusta Macron pero prefieren lo malo conocido a lo que creen “peor” por conocer. Los franceses quieren seguir teniendo peso en la Europa de los 27 y en la OTAN fiel a los Estados Unidos. No quieren convertirse - les sería imposible - en un remedo de la Hungría de Víctor Orbán y menos en estos tiempos de guerra abierta en Ucrania, el conflicto que ha ayudado a la victoria de la derecha más liberal y menos comprometida ideológicamente, a esa derecha “líquida” que encarna a la perfección el hombre que deambuló entre el republicanismo y el socialismo hasta el año 2017, para crear la “República en marcha” y ganar sus primeras elecciones.
Si lo sucedido en Francia en este mes de abril lo intentamos analizar y explicar con conceptos clásicos como son el capitalismo y el comunismo, con el llamado socialismo democrático y la democracia cristiana por medio, tendríamos que decir que ha ganado la mezcla del capitalismo, la socialdemocracia y el cristianismo, en la proporción de setenta por ciento para los primeros, un veinte por ciento para los segundos y una diez por ciento para los terceros. La izquierda radical heredera del marxismo se ha derrumbado, al igual que lo viene haciendo en Francia desde hace veinte años.
Tanto Pedro Sánchez como Alberto Núñez Feijóo pueden estar contentos. El primero por sentirse más cerca de Macron que de Anne Hidalgo, la candidata del PSF, el “partido hermano”; el segundo por la derrota de Le Pen y el freno que el miedo a la ultraderecha ha supuesto en Francia y que será todo un ejemplo a seguir en España. Santiago Abascal puede hacer suyo el discurso de Martine y explicar que ha obtenido el mejor resultado de su historia, lo cual es cierto, como lo es que ni ahora, ni dentro de cinco años - si es que se mantiene al frente de lo que es realmente el Frente Nacional - la candidata derrotada y lo que significa gobernará la Republicana Francia.
Los sistemas electorales son tan diferentes que intentar establecer comparaciones miméticas es imposible. En Francia se eligen por separado al presidente de la República y a los parlamentarios que conforman sus Cámaras legislativas. En España se eligen Congreso y Senado y es en el primero, por votación de los diputados electos, donde se elige al presidente del Gobierno. Macron nunca podrá ser Napoleón Bonaparte, que se autoproclamó emperador, por mucho que los titulares le coloquen ese apodo intencionado. Y aquí, en España, al Jefe del Estado, bajo la figura del Rey, no se le elige, ese puesto se transmite por herencia.
Los dos primeros asaltos del largo proceso francés para elegir s sus gobernantes y el carácter político de su Gobierno los ha ganado Emmanuel Macron. Queda el tercero, tan importante como los otros dos. Habrá que ver si los partidos tradicionales, que perdieron estrepitosamente en la primera vuelta se recuperan sobre la base de su implantación territorial; o si por el contrario las nuevas y mucho más eclécticas ideológicamente nuevas formaciones mantienen sus resultados. De nuevo la abstención, fundamentalmente joven, decidirá el futuro de Francia y un poco el del resto de Europa.
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