El hotel de Chantilly y los monstruos que torturaban a Marcuse
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El hotel de Chantilly y los monstruos que torturaban a Marcuse

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Cuatro españoles se han pasado el fin de semana encerrados en un hotel de Chantilly, un pequeño pueblo que nada tiene que ver con Francia salvo el nombre. Está en el estado de Virginia, cerca de Nueva York, y los que salieron de sus habitaciones y salas de conferencias este domingo han estado aislados del mundo exterior. Y por propia voluntad, en un secuestro intelectual del que han vuelto a terreno patrio sabiendo lo que opinan los más ricos, los más fuertes y los más intrigantes del mundo.

Dos de los nuestros llevan años viajando a las entrañas del Club Bilderberg: Juan Luís Cebrian y Ana Patricia Botín. Los otros dos han sido invitados de ocasión: Luis de Guindos y Albert Rivera. Dicen que a los que allí van les sonríe la fortuna más pronto que tarde, que las amistades que se tejen y destejen en esos días ayudan y mucho en las respectivas careras profesionales, ya sean en el mundo de la política o de los negocios.

Si alguno de los cuatro no ha leído o hace mucho que lo hiciera a Herbert Marcuse, que era alemán y judio, razón por la que tuvo que emigrar hasta Estados Unidos donde obtuvo la nacionalidad norteamericana, les recomiendo que lo lean, sobre todo su obra "El hombre unidimensional", que a buen seguro les completará lo oido y hablado entre las paredes del Marriot de Chantilly. Al pensador alemán le torturaban los monstruos del porvenir que adivinaba a mediados de los años sesenta del siglo pasado, esos mismos monstruos que ya se pasean entre nosotros volviéndonos más gregarios al mismo tiempo que más individualistas; menos libres al mismo tiempo que más capaces de ir a cualquier parte del mundo.

Marcuse se implicó durante diez años en la guerra caliente y fría. Se hizo espía - analista - para los servicios secretos norteamericanos, lo que no le impidió que mirara con enorme claridad el futuro inmediato. Conviene rescatarlo de las librerías y llevarlo a las aulas y, sobre todo, a nuestro Congreso de los diputados. Una recomendación a Pablo Iglesias y los suyos: Menos "Juego de Tronos" y menos Edad Media y dragones y más cultura. Se entiende mejor lo que nos pasa y lo que nos va a pasar si no lo remediamos.

En Chantilly los poderosos han hablado de casi todo y la sociedad no se va a enterar de casi nada. No es que los "hijos" de David Rockefeller y Henry Kissinger sean unos profetas, que no lo son y se equivocan con frecuencia, pero lo hacen en las circunstancias pasajeras y en los protagonistas coyunturales; aciertan en el largo plazo gracias a la capacidad que tienen los asistentes de mover las brújulas del mundo.

Por ejemplo: acertaron con Zapatero y se equivocaron con Rato; acertaron con la abdicación del Rey Juan Carlos y se equivocaron con Esperanza Aguirre. Aznar "aprobó" a la segunda y Rajoy no se ha presentado a ninguna de las reuniones, no sabemos si por propia voluntad o por carecer de la invitación necesaria. Si han ido sus "segundas": Soraya Sáenz de Santamaria y Dolores de Cospedal y las dos sacaron "buena nota". A lo mejor o a lo peor esa es una de las razones de su enfrentamiento.

El presidente del Gobierno no ha ido pero sí ha mandado a una persona de su máxima confianza y no son ninguna de sus colaboradoras. En 2014, último año en el que la Reina Sofia asistió en Copenhague a la cita del Club, estuvo invitada una diplomática que tres años antes había terminado su carrera y junto al resto de sus compañeros había ido a Zarzuela a "cumplimentar" a los entonces Reyes. Era Mercedes Millán Rajoy quien a sus 28 años y junto al ministro García Margallo, el financiero Juan María Nin y el siempre presente Juan Luís Cebrian se codeó con lo más granado del poder mundial. Testimonio directo para un presidente que dos días más tarde anunciaba la abdicación de Juan Carlos I y la subida al trono de Felipe VI.

El filósofo alemán que volvería a Alemania para morir en 1979 ya describió que el capitalismo que se iba organizando en torno a las sociedades más desarrolladas se disponía a cambiar uno de los principios que se consideraban inmutables y que desde una parte de nuestra izquierda se mantiene esa creencia: que los trabajadores "vendían" su fuerza de trabajo en lugar de algo más real y actual como es su capacidad de consumo. Los robots no protagonizarán huelgas como las de los estibadores o los taxistas, dos sectores condenados a una transformación imparable les guste poco o nada a sus actuales protagonistas, pero no consumirán lo que produzcan. Y esa contradicción es la que adelantó Marcuse y a la que los políticos y el capitalismo financiero tendrán que encontrar una respuesta que evite los enfrentamientos violentos dentro de la sociedad. Podemos preguntarles a los cuatro invitados de este año en Chantilly si los "bilderbergianos" han hablado de ello.

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