Sobre los cambios de entrenadores al tran tran de los malos resultados

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Como hemos podido descubrir a lo largo de más de un siglo de fútbol, dentro de cada español habita un entrenador. Tal vez antes teníamos alma de marineros, guerreros, místicos, pintores...el siglo XX, moderno y prosaico, nos reveló esta nueva capa. Por algo ya no enviamos nuestros tercios a Flandes, sino mesnadas de técnicos por todos los continentes. El míster ya no es un señor inglés, aunque nos hayamos quedado con la palabra. Posee nacionalidad española, lo mismo aquí que tantas veces fuera. Es posible que en Asía para referirse al coach, dentro de unos años, lo llamen Señor.

Pero no es suficiente, quedan muchos en el paro y un ejército de reserva encarnado por los seguidores más furibundos. Cuando perdimos las colonias los milites patrios inventaron los pronunciamientos y las guerras civiles. Trasladado a los campos de fútbol cada cambio de entrenador es como un golpe de estado, tras una campaña de pronunciamientos. Al final, el asediado se ve solo. Cientos son los llamados (o más bien los que por medio de sus agentes febriles llaman) a ocupar el banquillo vacío. Pero las estadísticas, tozudas ellas, nos muestran que la fórmula no garantiza mejores resultados. Por tanto, las discusiones se retroalimentan. Que venga el siguiente.

Ya conté en estas mismas páginas, que tuve un sueño donde llegué a contemplar a don Antonio Machado en el campo de Santa Bárbara, como un espectador más del CD Urbión. Y hasta conocí su parecer:

-Ya podía el español mostrar el mismo interés y pasión por la ciencia y el estudio que por los toros o por el fútbol, si es lo que se lleva ahora. Como nadie siente curiosidad, Menéndez Pelayo o don Juan Valera, o don Perico López bien pueden sentar cátedra por otro siglo más. Es en los toros el único ámbito donde los aficionados no se contentan con la opinión que les dais los revisteros y acuden a la plaza y luego discuten por milímetros la estocada del diestro H o X.”

-Así es maestro, ya no solo en el trabajo, en la calle o en los bares, a todas las horas en los foros mediáticos se discute la rigurosidad de un penalti, la valía del entrenador o si Joselito debe seguir en la portería en detrimento de Belmonte.

Lo que ocurre en el mundo del fútbol, como señalaba Carlos Goñi en un librito (“Fútbolsofía”), también sucede en otros ámbitos de la vida: “llevamos dentro un alcalde, un ministro y un presidente. Y es que nos resulta tan fácil decir cómo deberían actuar otros!

Inspirado, además, en los pensamientos del poeta con porte del filósofo Juan de Mairena, saqué alguna conclusión, que en este mes de diciembre de recuerdos y balances, por la actualidad del tema, me permito refrescar. Decía entonces: Tener una vida vicaria es, en el fondo, un método para huir de la soledad, huir del propio destino mortal y vivir en el destino de otro. Es mirarse en el espejo de otro. “Yo quiero ser Beckham”, pero me tendría que conformar con llevar el 7 de la camiseta merengue. Me gustaría llevar una vida de película, exagerada, sin preocupaciones, en la que nunca es tarde. Sin embargo, mi alegría consiste en celebrar los goles de otros. En realidad, Cristiano y Messi, el mesías, son en todo el orbe más vicarios que el Papa. No, en vano, el balón ha sustituido a la cruz.

No me extraña, por tanto, que en la nueva religión también imperen los fanatismos, las pasiones y los odios, por encima del análisis y del entendimiento. Lo contrario de lo que se necesita para el puesto tan preciado de entrenador. Conocimientos, experiencia, sensibilidad, calma, prudencia.

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